DA LA IMPRESIÓN de que en Galicia vamos a llevar lo de la reforma del Estatuto mucho mejor de lo que la han llevado en Cataluña. Quizás también porque nuestro carácter es más manso, somos más disciplinados y, por supuesto, mucho más realistas. Y por todo esto, y porque además las fuerzas políticas están por la labor, pues parece que no se van a levantar grandes ampollas que originen desavenencias irrecuperables. Puestos todos de acuerdo en que es necesaria la reforma del texto redactado hace ya un cuarto de siglo, los prolegómenos están transcurriendo, cuando menos, llenos de optimismo. Porque el anuncio de que el PP gallego cuenta con una propuesta de reforma no sólo ha caído bien en las demás fuerzas, sino que ha servido para que unos y otros reiteren su voluntad de diálogo. Así las cosas, la concordia sobre un asunto de tanta envergadura hace pensar en unas negociaciones bien diferentes a las que venimos padeciendo en los últimos meses. Pero este buen arranque no impide tener la apreciación de que va ser el polémico Estatuto catalán el que señalará, de alguna manera, el marco final del nuestro. Porque, frente a los nacionalistas del Bloque que rechazan los ejercicios comparativos, tanto socialistas como populares depositan en él su mirada para establecer hasta dónde puede llegar el nuestro. Y hablan del «techo de Cataluña», del «modelo catalán» y del «pie de igualdad». Y ese es el gran desafío que nos queda. El de hacer una reforma estatutaria de acuerdo con nuestras necesidades. Hacerla para Galicia y no para Cataluña, que ya casi tiene la suya. Hacer una reforma con ambición, pero ajustada a nuestra realidad. Lo contrario, sería una tremenda fatalidad. Porque ni Galicia es Cataluña ni los gallegos somos los catalanes. Ni Feijoo es Piqué. Ni Quintana, Carod. Ni Touriño es Maragall. Afortunadamente.