Charito

| ASSUMPTA ROURA |

OPINIÓN

CHARITO no era una indigente que bebía coñac en exceso pagándolo con retraso. Charito era muchas cosas más. Hija única de inmigrantes de León llegados a Cataluña en tiempos de planes de desarrollo y barracas, que sudaron lo suyo para establecerse y quitarse esa mancha de charnegos que los delataba inferiores a los ojos del círculo puritano biempensante catalán, Charito fue una muchacha muy hermosa y bien preparada para ocupar puestos de trabajo de cierta responsabilidad. Sus padres, orgullosos, consiguieron ser la envidia del barrio de Sants, habitado entonces por clases medias y populares, menestrales en su mayoría, con ancestros anarquistas y republicanos, donde todos se conocían y se reconocían en una identidad propia resistiéndose a ser anulados por las pasajeras modas que genera el centro urbano. Charito trabajó primero en La Caixa, lo que equivalía a tener un hijo abogado o notario. Admiración y envidia. Pronto, profesionalmente se la rifaron empresas importantes, se casó y tuvo una hija. Pero nadie contó con que la hija de los charnegos tuviera su lado frágil. La hicieron heroína y de ahí mito, y los mitos no desfallecen nunca. Furiosamente bella y humana, nadie sabía que se sostenía en el pedestal a cuenta de la cocaína. Hasta puede que la usara al comienzo para no desengañar a unos y otros. Perdió el trabajo, a sus padres, a su marido y a la hija. La cocaína, muy cara, fue suplantada por coñac barato bebido en un bar de siempre en su antiguo barrio, donde le fiaban, aun andrajosa, y la mayoría hacían como que no la veían. Y fue así como Charito se convirtió en carne de divertimento de unos chicos de familia acomodada, uno de ellos con padre profesor en la universidad que, consternado, declaraba tener muchos amigos socialistas, como si fuera una vacuna contra esas fuerzas del mal que se habían apoderado de su hijo y de sus dos amigos, cuyos compañeros confiesan que sabían de sus andanzas de noches de fin de semana dando palizas a indigentes y fotografiando las hazañas con el teléfono móvil. Y es que desde los años sesenta andamos unos y otros redimiéndonos de nuestra condición de pobres materiales o intelectuales, como si vivir fuera eso, desplazando el mal a toda costa para que no nos estorbe en nuestros objetivos, hasta que éste nos emplaza a unos y a otros una noche en un cajero automático y nos deja estúpidamente anonadados.