EN LAS FERIAS de Terra de Montes, cuando yo era pequeño, vendían unos muñecos de hojalata que, a pesar de tener idéntica forma y provenir del mismo molde, estaban pintados con trajes y símbolos de las más diversas profesiones: soldados, fontaneros, mineros y cosas así. El más apetecido por los niños de mi edad era el guardia civil, porque tenía cartucheras y tricornio y portaba una vistosa bandera. Y ese muñeco fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando Rodríguez Zapatero le llamó a los del PP «patriotas de hojalata». Nosotros le llamábamos Ranillas, porque se parecían mucho a un guardia civil de verdad, soltero y zamorano, que hablaba castellano. Pero ahora me doy cuenta de que aquellos Ranillas que vendía la señora Laurencia, que usábamos como simples juguetes, eran en realidad patriotas de hojalata. Los «bobos solemnes» abundan mucho más, y cualquiera puede verlos a diario en su trabajo. Su caldo de cultivo son los mandos intermedios (tenientes, jefes de servicio, encargados de obra, sacerdotes de la curia y directores de márketing), o los puestos de alta responsabilidad que se alcanzan por oposición o elección (jueces en primer destino, catedráticos, alcaldes de villas dinámicas y diputados de toda condición). Pero es evidente que tanto los patriotas de hojalata como los bobos solemnes son cosas muy tiernas y entrañables, que forman parte de nuestra vida y que cada vez se confunden más entre sí. Y de ahí deduzco que ni lo uno ni lo otro son insultos graves, y que tampoco pasaría nada si Zapatero le hubiese llamado a Rajoy «bobo solemne», mientras este le devolvía el calificativo de «patriota de hojalata». El problema de España no es la acritud real de la política, sino la crispación mediática que se montan los tertulianos de Madrid para alimentar sus estúpidos análisis y para hablar todos los días de lo mismo sin necesidad de decir nada. Los grandes problemas de España y del mundo no llegan a los medios o llegan desfigurados. Y por eso necesitan construir enormes agravios a base de cosas tan simples y tan inocentes como que los diputados y los políticos se llamen cositas y lindezas a las que ningún niño les daría la más mínima importancia, o que en modo alguno ofenderían a nadie que no se gane la vida en la política o en las tertulias. ¿Qué es más grave, que te llamen «patriota de hojalata» o que te tomen por «bobo solemne»? Desde que Báñez y Molina inundaron la vieja Salamanca de silogismos en bárbara, tratando de hacer compatible la libertad del hombre con la omnisciencia de Dios, no se recuerda un debate más fiero ni más estéril en todo el solar ibérico. Quizá porque, en la España que va bien, hay mucho desocupado.