LE HE oído decir a la exministra de Asuntos Exteriores, Ana de Palacio, que todos los servicios de inteligencia -todos- creían que en Irak había armas de destrucción masiva. Y no he podido reprimir la pregunta: ¿qué esperan todos esos países para suprimir unos servicios tan poco inteligentes y en general tan costosos? Porque, o se equivoca Ana de Palacio, o se está mucho mejor -y se corren menos riesgos- sin ellos. La verdad es que, como bien lo mostró el exespía y buen novelista John Le Carré en sus novelas ( El sastre de Panamá , por ejemplo), los servicios secretos se dedican muchas veces a acreditar lo que sus jefes desean. Con lo cual, en vez de alertar a sus gobiernos sobre peligros reales, se consagran a apuntalar sus sospechas, sus prejuicios o sus interesadas convicciones. Porque, de no ser así, habría que pensar algo peor: que no se enteran de nada. Y esto -tanto confío en ellos- es muy improbable. Ahora el presidente Bush acaba de reconocer «un absoluto fracaso del espionaje estadounidense» antes de la invasión. Así de claro y terminante. ¡Qué pena que no haya dicho qué parte (muy grande) le corresponde a él en ese desastre! Según su desvergonzada afirmación, deberíamos creer que el presidente de EE.?UU. no estaba decidido a hacer la guerra de Irak a cualquier precio. Algo absurdo cuando tantas evidencias revelan cómo orientó y exigió a los servicios de inteligencia unas pruebas que inculpasen a Irak (unas pruebas que el pobre Powell presentó abochornado en la ONU, sabedor de que todo aquel montaje de fotos y testimonios no se tenía en pie ni podía convencer a nadie..., excepto al convencido a su pesar Tony Blair). Bush dijo que su estrategia se resume en proteger a EE.?UU. del terrorismo. Bajo este gran paraguas cabe todo: atacar a Irak bajo el pretexto (falso) de las armas de destrucción masiva, habilitar cárceles secretas, debilitar a la ONU (y de paso al derecho internacional), etcétera. Pero entonces ¿para qué un servicio de inteligencia? ¿Para justificar decisiones caprichosas? ¿Para eso han quedado unos servicios tan cualificados? ¿Para amparar al descerebrado de turno? Su silencio, lamentablemente, no sugiere otra cosa.