ESTAMOS en época de buenos deseos, de ilusión y esperanza (¿será sólo por la Lotería de Navidad?). Cierto que no es oro todo lo que reluce y que en muchos casos no se trata más que de convencionalismos sociales, cuando no de franca hipocresía. Es como si tuviéramos que ser buenos porque toca , pero la bondad que no sale del corazón es pura cáscara vacía. Mal que nos pese, asistimos impertérritos a la difusión de una cultura contraria a la solidaridad y muy insensible ante las necesidades de los más débiles y vulnerables, y ello a pesar de los eslóganes: vean, si no, los pasos de peatones convertidos en la mejor y más rápida zona de carga y descarga y a los ancianos con bastón y personas con discapacidad física haciendo auténticas filigranas para poder cruzar la calle. Lo mismo cabe decir de las zonas de aparcamiento reservadas para ellos. Mientras, a Zapatero le preocupa que nuestra Constitución siga utilizando el término minusválido y promete como una gran cosa su cambio en la futura reforma constitucional. Hay un acontecimiento que ha pasado casi desapercibido y que, sin embargo, es fuente de ilusión y esperanza para los que seguimos creyendo (¿ingenuamente?) que otro mundo es posible. Me refiero a la reciente aprobación por la Unesco de la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos. Ya es un logro que en materia tan controvertida salga un texto aprobado por aclamación; aún lo es más que sea de calidad. Entre otros, sus objetivos son proporcionar un marco universal de principios y procedimientos que sirvan de guía a los Estados en la formulación de legislaciones en el ámbito de la bioética así como salvaguardar y promover los intereses de las generaciones venideras. En ella se habla de respeto por la vulnerabilidad humana... Y se reconoce el insoslayable papel que en una vida buena juegan la sensibilidad moral y la reflexión, hasta el punto de afirmar que la bioética debería desempeñar un papel predominante en las decisiones que han de tomarse ante los problemas que suscita el desarrollo tecnológico. Finalmente, el texto subraya que los Estados deberían esforzarse por fomentar la formación relativa a la bioética en todos los planos. Veamos qué hace España, y Galicia en concreto, pues aquí la bioética es vista como poco relevante, más preocupados (y ocupados) en reformas estatutarias de corte decimonónico, envueltas, eso sí, en el celofán del progresismo.