LOS EDUCADOS en la segunda mitad del franquismo, a partir de los sesenta, recibimos una formación técnicamente exigente en ciencias y humanidades. El sistema lo diseñara un erudito franquista -luego precoz disidente del Régimen- llamado Pedro Sainz Rodríguez. De inspiración europea, separaba la función docente de la examinadora y era común a toda España, como el actual MIR de los médicos. Irónicamente en la universidad nos hicimos antifranquistas gracias a la hábitos adquiridos en la escuela franquista; asumiendo que el conocimiento con sangre entra nos pusimos a leer y estudiar con avidez, descubriendo así que había otras alternativas, otros mundos que soñábamos mejores, libres, democráticos y solidarios. Luego muchas ilusiones se quedarían por el camino, aunque intentarlas valió la pena. El principal inconveniente del compromiso de entonces era que requería de la coherencia personal para asumir riesgos. No era lo mismo tragar un mamotreto teórico que te dieran un repaso en comisaría, ir a la cárcel o ser expulsado de la universidad. Por eso siempre admiramos a los más valientes, en particular a los obreros y a la gente activa del pueblo, los mejores luchadores y al final los menos reconocidos en el postfranquismo. Tras la muerte de Franco al fin pudo llegar el cambio. Había mucha gente de todas las tendencias que estaba por el olvido pactado. El consenso fue natural, la creciente libertad sirvió para comprobar que nadie era perfecto; por lo tanto, que el pueblo eligiera a los menos malos. Había triunfado la línea de la reconciliación nacional. Fue la única capaz de parir la Constitución, enlazar con la ilustración española y reencontrarnos con la historia. Ahora deciden los destinos de España unos blandos de mollera pero duros de corazón, los nuevos pícaros del cinismo posmoderno. Ya no hay izquierdas ni derechas, tampoco liberales o progresistas de pata negra; la verdadera línea de demarcación es la que separa a los competentes de los incapaces, los honestos de los corruptos, los simplemente humanos de los templados al acero. Ese es nuestro final de las ideologías. Al volver la vista atrás y comprobar la miseria sociopolítica a la que hemos llegado, sólo cabe el lamento por como se ha dilapidado tanto esfuerzo de tanta gente apreciable. Hoy, como hace ya tantos años, tenemos que volver a empezar. Urge enderezar esta nave sin timonel que navega arrogante hacia el abismo.