AYER EMPEZÓ en Hong Kong la conferencia ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que reúne a los representantes de 148 países y que se integra en lo que se llama el ciclo de Doha sobre el desarrollo y la liberalización de los intercambios, iniciado en el 2001. La OMC es el motor de la globalización liberal y, junto con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, completa el triunvirato que pilota de hecho, en nombre del dogma del neoliberalismo, la economía del mundo actual. Asoman al recuerdo los fiascos precedentes de Seattle, en 1999, y de Cancún, en 2003. El espectro del fracaso también planea sobre Hong Kong. Los tres principales temas en discusión son los servicios, los bienes industriales y la agricultura. Este último tema cristaliza los enfrentamientos entre los diferentes bloques. La agricultura apenas representa el 3% del PIB mundial y sólo el 10% de los intercambios comerciales, pero de ella vive el 50% de la población mundial. Los grandes países exportadores, reunidos en el seno del llamado Grupo de los 20 -y entre los cuales se encuentran naciones como Brasil, Argentina, Cuba, África del Sur, Pakistán, Egipto, Nigeria, Australia y China- están en guerra contra las subvenciones y las ayudas que la Unión Europea y Estados Unidos conceden a sus agricultores. Los 20 cuentan con el apoyo del Grupo de los 90 que reúne a los Estados ACP (África, Caribe y Pacífico) y PMA (países menos avanzados). Entre los dos constituyen un frente mayoritario de 110 naciones dispuestas a todo para defender su derecho a exportar sus productos agrícolas hacia las zonas ricas de la Unión Europea y Estados Unidos. Y también hacia los países aún más proteccionistas, como Taiwán, Japón, Corea del Sur, Israel, Noruega, Islandia y Bulgaria. Frente a semejante oposición, los europeos han propuesto una reducción del 70% de sus ayudas a la exportación, y los estadounidenses, del 60%. Pero los grandes exportadores agrícolas exigen más. Y sobre todo desconfían de la exigencia de los Estados ricos de liberalizar, a cambio, los servicios en los países del Sur. Este tema da lugar a otra gran batalla en Hong Kong, no menos importante, que se desarrolla en el marco de lo que se llama el Acuerdo General sobre el Comercio de los Servicios (AGCS). Por servicio , la OMC entiende toda actividad del ser humano en cualquier sector. Lo cual, por consiguiente, no excluye de las reglas del librecambio, por ejemplo, la educación, la salud, la cultura y el arte. En este frente, los neoliberales tienen dos objetivos. Primero, reducir lo más posible el papel del Estado en los sectores de la enseñanza y de la salud, recortando al máximo el servicio público en beneficio del sector privado. Segundo, en materia de cultura y de producción artística, anular la Convención sobre la protección de la diversidad de los contenidos culturales y de las expresiones artísticas , aprobada por la Unesco el 17 de octubre pasado a pesar de la dura oposición de Washington. Como se recordará, esta convención, que autoriza a los gobiernos a proteger la diversidad cultural, constituyó una gran victoria contra el neoliberalismo desenfrenado y una garantía de supervivencia para las culturas minoritarias. Es de temer que Estados Unidos trate ahora de obtener, en el marco de la OMC, lo que se vio obligado a ceder en el de la Unesco. Sería dramático. Por eso hay que seguir con la mayor atención, hasta el próximo domingo, las decisivas batallas de Hong Kong.