HACIENDO gala de un populismo exasperante, el Gobierno de España se ha embarcado en un discurso europeo que reproduce los peores argumentos esgrimidos por Aznar en su irracional apego a la cumbre de Niza. La idea básica de dicho discurso es que la política europea no existe, que todo se reduce a una suma de intereses nacionales sin lógica de conjunto, y que, teniendo en la mano la fuerza incontenible del veto, podemos exigir la condición de beneficiarios netos de los fondos de la UE hasta el año 2013. En la misma línea actúan también los grandes países europeos. Blair defiende su cheque. Chirac la política agraria común (PAC). Alemania pide la rebaja de sus contribuciones. Los nórdicos exigen una integración a la medida de sus intereses. Polonia amenaza con ser el submarino de Bush. Italia imputa al euro el desastre de sus políticas. Y todos los pequeños, uno por uno, confían en la fuerza del veto para ser como Alemania. Y así, mientras cada cual arregla su camarote, se percibe el ranquear de los motores, la falta de instrumentos de navegación y el riesgo evidente de un naufragio. Durante casi quince años España fue la gran beneficiaria de los fondos de cohesión. Más de la mitad del presupuesto destinado por los 15 a este capítulo se hace perceptible en nuestras autovías y trenes, en la reestructuración de la agricultura y la industria, y en un sinfín de obras de equipamiento y de políticas sociales que no siempre se han desarrollado con criterios de necesidad y eficiencia. El resultado de esta ayuda es que, del 68% de la renta media europea que disponíamos en 1985, hemos pasado al 92% que disfrutamos ahora. Gracias también a ese avance espectacular, nos hemos permitido el lujo de dar lecciones de eficiencia y buen gobierno, y alardear de ricos y poderosos, ante los que pagaban una parte esencial de nuestro desarrollo. Y por eso no tiene sentido que nos apeguemos al veto para hacer inviable el presupuesto de la nueva Europa. En modo alguno se debe renunciar a las bicocas que piden los demás. Pero es evidente que el enroque del Gobierno de Zapatero sólo tiene sentido si se hace con una condicional objetiva: pedir la luna si todos piden la luna, pero ofrecer cesiones y contrapartidas si todos entran en razón. Para ir a Bruselas a preguntar «¿qué hay de lo mío?» ya teníamos a Aznar. Y por eso cabe exigir la elaboración de un discurso que, apostando en firme por el progreso de la UE, reconozca los objetivos cumplidos y abra paso al desarrollo de los más atrasados. Y no por caridad, sino porque la España rica de hoy ya gana mucho más compitiendo en una Europa boyante y poderosa que recibiendo limosnas de una Europa en crisis.