EN UN SENTIDO estricto, la modernidad ya no está en ningún lugar concreto. Pertenece a un flujo constante de personas y cosas que se amoldan a las circunstancias con las que se topan. Ni tan sólo la ciudad como centro de saber, generador de cultura o de riqueza, ha sobrevivido a la avalancha. En las grandes ciudades, que hasta hace bien poco eran el lugar donde se detenía la mirada para centrar el ánimo y orientar la construcción de uno mismo, hoy no sucede otra cosa, al menos en su centro, que no es poco, que riadas perpetuas de turistas que tienen a su disposición un enorme tinglado de supercherías que serán recuerdo del lugar pisado. Un recuerdo de Madrid, Compostela, Estocolmo o Amsterdam fabricado en China, pero eso es lo de menos. Es como el tsunami que se levantó hace un año en Indonesia y afectó a Suecia, ya que los tiempos de flujo requieren de decorados de cartón piedra, y mucho más si la demanda opta por los paraísos. La cara y la cruz de la globalización, eso es. Las grandes ciudades son también enormes contenedores de pobres visibles e invisibles, éstos últimos considerados nuevos pobres, en su mayoría, mujeres, esforzados en disimular que lo son. Nada más vergonzoso que confesar que se es nuevo pobre en el primer mundo cuando la consigna ordena ser nuevo rico. Ser y tener es hoy no ser y no tener. No ser porque nos confirman como cifras y no como ciudadanos: de ricos, de pobres, de audiencia, de accidentados, de consumidores. No tener porque sólo tenemos lo que adeudamos a los bancos por la casa, el coche, las vacaciones. Antes uno era idealista y miraba hacia fuera, un poco por todos, pero eso se acabó. Ahora estamos en el momento de la introspección, de un mirar hacia adentro de cada uno porque lo exterior nos excede. De ahí el estrepitoso éxito de la autoayuda, esos manuales que enseñan magistralmente la lección de sálvase quien pueda. También de ahí que una palabra amable, un gesto generoso, una sonrisa o un silencio cómplices, y qué decir de un abrazo, adquieran un valor extraordinario. Algo así como si lo humano no hubiera naufragado del todo, como si quedaran restos subversivos resistiéndose a morir. En tiempos de simulacros en la política, la ciencia, en la educación o en las relaciones, una de esas pequeñas verdades íntimas puede subvertir las auténticas falsas verdades emplazadas.