A PRINCIPIOS de octubre ya se sabía -y así se lo conté- que Alberto Núñez iba a ganar el congreso del PP. Lo que nadie pronosticó, ni los más optimistas pudieron imaginar, es que su victoria iba a ser tan amplia, limpia e indiscutible, y que lo que muchos consideraban un largo y complejo proceso para suceder a Fraga se iba a sustanciar en un solo acto y de la mejor manera posible. A Núñez se le consideraba un técnico: buen ejecutor de las órdenes que otros daban, pero sin el carisma necesario para dirigir el PP. Su principal ventaja -se decía- era la de encarnar la opción oficialista y contar con el apoyo de Mariano Rajoy. Y el trayecto que le augurábamos estaba dividido en dos tiempos: uno para ganar el congreso, y para hacerse con el aparato del partido, y otro, mucho más largo e incierto, para asentar su auctoritas y convertirse en un verdadero líder. Porque todos suponíamos que la victoria de Núñez iba a ser suficiente pero no holgada, y que detrás de su potestad formal como presidente del PP de Galicia, iban a quedar las taifas provinciales y las facciones más reaccionarias lideradas por Barreiro y Cuíña. Pero Albertó Núñez arrasó en las primarias. Y lo que todos considerábamos como una etapa prólogo de su lenta conquista del aparato partidario se ha convertido en la evidencia de un liderazgo político que nadie puede discutir. A Cuíña lo ha pulverizado. A Paco Cacharro lo obligó a hacer el papel de «perro ladrador pero poco mordedor». A Barreiro no le dejó más salida que la de ser el fiel segundo de un proyecto que sólo tiene una voz y una imagen. Y a Baltar -¡qué papelón!- le ha dejado un feudo provincial políticamente devaluado y con fecha de caducidad. Para entender esta formidable victoria, sin quitarle ningún mérito a su protagonista, hay que hacer referencia a dos claves que los militantes del PP manejaron con aguda inteligencia. La primera es la necesidad de pasar página sobre el hiperliderazgo de Fraga, que, merced a su visión onfalocéntrica de la política gallega, metió al PP gallego en una crisis profunda e innecesaria. Y la segunda era la amenaza de disolución planteada por Pepe Cuíña, que más pendiente de su venganza que del futuro, e incapaz de ver el abismo que se abría a sus pies, había convertido su programa en una fuente de revisionismo suicida. Alberto Núñez no tiene garantizado su éxito, porque lo que ahora asume es el liderazgo de una compleja operación de reorganización del partido, y de reconquista del poder, en la que puede tener aciertos y errores imprevisibles. Pero tiene en su mano una oportunidad de oro que es importante para él, para Mariano Rajoy, para el PP y para Galicia entera.