EL GOBIERNO de Rodríguez Zapatero cuenta desde hace no mucho tiempo con un núcleo permanente , algo nada raro en los gobiernos llamados de gabinete , y habitual, por ejemplo, en los de Su Majestad Británica, cuya plasticidad metodológica y circunstancial permite distinguir entre el f ull cabinet y el inner cabinet . El primero vendría a ser, para entendernos, el gobierno desplegado y dispuesto en la suntuosa plenitud de su espectacularidad. El segundo sería, entonces, una especie de gabinete en el gabinete , una suerte de ciudadela de la mayor y más cuidadosa confianza, con unas funciones tan previsibles como imprevistas o de precipitada urgencia, y tan cercanas a la provisión de ideas como a la actuación del apagafuegos. Peter Hennessy publicó en 1986 un libro llamado precisamente Cabinet, que conserva su interés. El núcleo permanente de Zapatero puede tener todos los rasgos mencionados o ninguno; es un buen material para la especulación del comentarista y para la contemplación del filósofo, siempre más melancólica o algo así. Lo forman el propio Zapatero, Solbes, Fernández de la Vega, Rubalcaba y José Blanco, así que sería algo impropio considerarlo como parte del Gobierno en términos estrictos. Más bien es otra cosa para cuya definición habría que apreciar debidamente la mezcla de cargos electos y no electos, así como la presencia de una personalidad tan de partido como es José Blanco, cuya función en ese núcleo puede, a su vez, explicarse en una perspectiva bondadosa, que atribuiría a Blanco el servicio a una cortesía con el partido, o desde el punto de vista malévolo -y algo más anticuado o quizá no tanto- que lo vería como un comisario político. No hay que olvidar que una de las particularidades de este Gobierno es su capacidad para buscar simpatías y cosechar paranoias. Quedémonos con o supongamos que una de las funciones de ese núcleo permanente es la de proveer ideas, suscitar iniciativas y procurar un cierto grado de prudencia. Esta última podría ser la más relevante, pues tendría a su cuidado la prevención de que ni las ideas ni las iniciativas dieran lugar a unas consecuencias indeseadas en una dinámica digna de la calificación de imprudente. Un ejemplo de lo que son o pueden llegar a ser ese tipo de cosas viene dado por la ocurrencia de cambiar la palabra disminuidos por la de discapacitados en el artículo 49 de la Constitución. No hay por qué dudar de la buena intención de Zapatero, pero sí hay motivo para poner en duda la salud de su relación con el lenguaje y sus reflexiones. Convertir la merma de un disminuido en la aseveración de una falta de capacidad no hará la menor gracia a quien se vea en una condición que si algo tiene arduamente acreditado es su posibilidad de verse superada. Stephen Hawkings es un disminuido al que considerar discapacitado sería de una estupidez suprema. El mermado Cervantes andaba más que sobrado. Flaubert era un idiota para sus seres queridos. Lo disminuido de un sector de la carne o de la mente no debería sugerir discapacidad para seguir haciendo y pensando. Quizá el núcleo permanente de Zapatero aún no haya dado con el sector más y mejor capacitado de su cabeza, por evidente que sea su disminución o la de su núcleo.