QUE EL AIRE político está viciado no sólo es una sensación, sino una realidad a la que contribuyen un núcleo de políticos y medios, enfrentados en bandos que parecen rotos. El que gobierna desarrolla su programa sin el hilván necesario o, en términos musicales, sin el debido tempo para ir colocándolo en la sociedad en las dosis adecuadas; sus líderes transmiten opiniones tan dispares que los votantes nos sentimos desconcertados. El principal partido de la oposición está en permanente y solitaria ofensiva frente a cualquier propuesta del Ejecutivo, como si no hubiera nada razonable en ellas, como si todas fuese caprichosas, disparatadas u oscuras, y esgrime a veces argumentos difíciles de creer. Aquéllos y, sobre todo, éstos, se pisan la palabra en el Parlamento, en una bufonada entre sordos que nos empuja a zapear en unos debates imposibles de seguir. Parte de la Iglesia oficial está en la calle, fuera de lugar; por experiencia con Rouco y Blázquez, sé que las disidencias es mejor resolverlas en palacio. Algunos nacionalistas siguen mirándose el ombligo y amagando con amenazas infantiles, como si todo lo demás no tuviera importancia. En fin, la situación resulta un auténtico coñazo, y lo peor es que el aire que emana es el que todos respiramos luego y se expande hasta inficionar cualquier punto de las relaciones sociales y arriba a Galicia con invectivas parlamentarias en las que se echa de menos el sentido más ecuánime de la política. ¿Van a impedir el ruido y la furia un debate territorial sereno sobre las reformas de los estatutos de autonomía, primero el valenciano y luego el catalán? ¿No podremos, entre tanta algarabía, enterarnos de todos y cada uno de los aspectos de la LOE, o estar al tanto de la guerra de las opas? ¿Cómo abordar pacífica y definitivamente la financiación de los partidos políticos? Del Gobierno que en su día fue oposición, y viceversa, se espera cierta continuidad en las formas, pero parece ser que oponerse equivale a lanzar bravatas que al llegar al poder se transmutan en mansedumbre. Es sabido que la política exige músculo, medir tiempos, debate, tensión, pero, sin pecar de buenismo , también es el arte dialéctico de argumentar y buscar el concierto, y es ahí donde la oposición puede acreditar su capacidad para ser gobierno y el Gobierno la suya para aglutinar. En este sentido, tanto para la defensa como para la crítica, se hace notar la ausencia de argumentos equilibrados que parezcan próximos a cada una de nuestras opciones, y sobran las dosis de moralina, los sermones, el escarnio, las exageraciones. Tal embrollo nos aleja cada vez más de la política y, junto al alud mediático de sucesos, accidentes, guerras, reduce día a día nuestra capacidad de reacción y nos impide ver y analizar cosas tan importantes como la sociedad mestiza o segregada que se está produciendo, la financiación de los ayuntamientos para que no se hipotequen con un crecimiento urbanístico desproporcionado, los excesos inmobiliarios de la economía, el nuevo proyecto europeo con la ampliación de la Unión y el ingreso de Turquía, la salida posible para Irak, la alianza de civilizaciones, el principio del fin del terrorismo, qué representa África para nosotros... La política es un oficio difícil para el que, a lo mejor, hace falta un máster.