Vigo se abre, Coruña se cierra

OPINIÓN

A LA GRAN CIUDAD del sur de Galicia, estos días un tanto acatarrada por un virus de localismo exacerbado, acaba de concedérsele un premio arquitectónico por Abrir Vigo al mar . Una recuperación del frente marítimo, proyectada por Guillermo Vázquez, que a la vez que facilita el tráfico portuario ha permitido una conexión directa entre la fachada urbana y la ría. Una actuación que se prolongó con la peatonalización del primer ensanche histórico de la ciudad. Independientemente de la valoración estética que cada uno haga del nuevo frente marítimo, porque razones hay para todo, lo más importante es la intención de revalorizar el centro de la ciudad como espacio para el encuentro, para la interacción social, para la autoidentificación ciudadana, valores urbanos de los que tan carentes estaba la ciudad viguesa, más preocupada por el crecimiento en cantidad que en calidad. Nuevas ideas alumbran en una ciudad que tuvo el privilegio de contar con los mejores proyectos urbanísticos de Galicia en el papel, pero que no supo o no quiso sacarlos adelante. Hoy, Vigo sigue el camino emprendido por muchas ciudades portuarias europeas en la década de los ochenta, y como esa senda representa el reencuentro de la ciudad con el mar, debemos darle la enhorabuena. Menos parabienes merece lo ocurrido en la capital coruñesa últimamente. La ciudad del mar, que ha merecido en un libro reciente de Antonio Gala tres poemas a la melancolía del ocaso atlántico coruñés, acertó cuando toda la urbe se abrió a los mares que la rodean de la mano de ese paseo marítimo en el que su alcalde empeñó una influencia, creciente cada día, que semana tras semana deviene en el beneficio de una de las ciudades españolas que han experimentado mayor transformación urbanística. Ese camino de recuperación del frente marítimo lo han seguido los municipios metropolitanos proyectando treinta kilómetros de senda litoral en una sucesión de diálogos diferentes con el mar. Naturalmente también en esto el debate estético, con razones para cualquier posicionamiento, es susceptible de valoraciones encontradas. Pero nuevos edificios y operaciones de reforma alimentan un agitado escepticismo ciudadano. En efecto, extraña, en este contexto de apertura, el cierre portuario con edificios de desafortunada traza y ubicación. Primero, la lonja, una nave industrial en forma de longaniza que afea uno de los frentes arquitectónicos más valiosos de la ciudad, o el llamado Centro de Ocio, que más bien es de negocio, aunque dada su errónea concepción formal, funcional y de diseño, pudiera devenir en ruinosa iniciativa. Se derribaron construcciones de interesante diseño, se rechazó un proyecto de Jean Nouvel para dar paso a un declinante Bofill, y en ambos la mano de un mismo arquitecto gallego: César Portela. Ya no será fácil remediar el destrozo realizado. Lo acontecido debe ponernos al acecho, porque de haberse seguido la opinión generalizada de los ciudadanos ni uno ni otro engendro hubieran llegado a hacerse. Y hoy la ciudad miraría al mar de otra manera, con la sonrisa de siempre, y no con el gesto ceñudo de una fachada marítima maltratada.