Confieso mi error sobre punta Langosteira

OPINIÓN

30 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EL OFICIO de opinar también está sujeto a evaluación y crítica, y por eso necesito compartir con ustedes mi flagrante equivocación relativa a la construcción del puerto exterior de punta Langosteira. Es cierto, y podría escudarme en ello, que nunca me pronuncié en términos radicales en contra del proyecto y de sus posibilidades financieras. Pero también es verdad que en todo mi análisis sobre el Plan Galicia, profundamente desconfiado, se podía entrever mi convicción de que el nuevo puerto coruñés estaba condenado al fracaso. El acuerdo adoptado por la UE para subvencionar esta obra con 257,5 millones de euros (60% del total presupuestado), constituye un éxito de gestión para el alcalde Francisco Vázquez y para el presidente Pérez Touriño, aunque los fundamentos de tan colosal intervención deban imputarse, con justicia, a Álvarez Cascos y Núñez Feijoo. Pero, una vez reconocido mi error, y después de cumplir con el deber de felicitar al pueblo coruñés y a los protagonistas de esta hazaña, tampoco quiero sucumbir a la tentación de cambiar mi escepticismo crítico por un entusiasmo desbordado (muchos lo están haciendo), ni ponerme a cantar las excelencias del evento con la imprudente actitud de quien firma un cheque en blanco a los responsables del proyecto. Y por eso quiero templar el entusiasmo general con algunos matices que me parecen oportunos y constructivos. Lo primero que deberíamos saber es si, sobre los 257,5 millones de euros que pone Bruselas, está garantizada la inversión necesaria para terminar, equipar y comunicar el puerto con niveles de calidad suficientes para rentabilizar tamaña inversión. Porque tengo la sospecha de que los presupuestos prefijados son optimistas, y que todavía queda mucha tela por cortar. También me parece importante que se informe con cierto detalle de dónde se detraen los recursos que la UE desplaza hacia punta Langosteira. Es muy probable que este desplazamiento esté justificado por estudios técnicos y proyecciones innúmeras. Pero es condición esencial del buen gobierno que se expliquen las obras con sus alternativas, porque es bien sabido que los recursos públicos pueden cambiar de intención y destino, pero jamás se multiplican. La propia sociedad civil -ingenieros, economistas y urbanistas- tiene pendiente la tarea de repensar la obra desde supuestos muy distintos a los que manejaron hasta la fecha, porque no es bueno cambiar de criterio a golpe de oportunidad. La feliz conclusión, a día de hoy, es que yo estaba equivocado. Pero eso no libera a los políticos y a los técnicos de la obligación de explicar, con pelos y señales, este importante logro. Porque a eso se le llama gobernar.