Barcelona no fue lo que debía

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

HAY CONFERENCIAS, cumbres y reuniones que dan la impresión de encontrarse más a gusto con lo que piensan de sí mismas que con la consecución de sus objetivos, en el supuesto de que los tengan o quieran tenerlos claros. Es lo que ha ocurrido con la cumbre euromediterránea de Barcelona. Si le pidiéramos a un famélico la redacción de un catálogo de reglas culinarias, principios gastronómicos o dietas equilibradas, es probable que el interpelado falleciera en nuestros brazos, y antes de risa que de hambre. Algo parecido viene a ser la pretensión de un consenso para la definición de terrorismo en el que participen quienes han mamado terrorismo desde la infancia y ni por lo más remoto las tienen todas consigo en cuanto a si matarán con el hierro o morirán por la espada. En cumbres como la de Barcelona, en las que es obvio que ninguno de los encartados dará el primer paso a favor de semejante definición, porque puede que le vuelen las piernas veinte minutos después, se puede recurrir a la consecución de un consenso alternativo que reconozca y admita una instancia moral -no superior pero ciertamente más distanciada- que establezca unas reglas de juego derivadas de la definición de terrorismo que esa instancia proponga, a falta de otra en la que coincidan los directamente implicados, y habida cuenta de que esa implicación es tan intensa, profunda y prolongada como para hacer imposible semejante coincidencia puesta por escrito en un documento que nunca se sabe a quién le podría estallar en las manos. Hay países, como Francia y el Reino Unido, con una gran experiencia en los hechos de Oriente Medio, que estas cosas las saben hacer mejor que nosotros, que somos unos recién llegados a semejante conflicto, y que tenemos otros en nuestro haber -como el del Sáhara- del que no podemos decir que estemos saliendo airosos y con fundamento para dar sopas con onda. Esa instancia es la Unión Europea, y lo es no tanto por su distanciamiento moral sino por una cercanía a los hechos basada en el dinero que se está gastando en buscar algún remedio a la cosa. La Unión Europea coloca tres mil millones de euros anuales en inversiones absolutamente pacíficas situadas en una franja que va de Marruecos a Jordania. Es un gasto ligeramente superior a lo que invierte Estados Unidos en esa misma zona, pero con la diferencia abismal de que el gasto americano es primordial y fundamentalmente militar. El gasto americano puede tener el fundamento y los propósitos que mejor convengan al Gobierno americano, pero el gasto europeo puede permitirse el lujo de apelar a otras exigencias no tan contingentes ni tan sujetas a las necesidades prioritarias de una lucha antiterrorista planteada por los americanos desde el punto de vista de su defensa y de acuerdo con su definición de lo que el terrorismo es y deja de ser. La UE puede establecer una definición de terrorismo junto con una advertencia ante lo que caiga dentro de lo que entienda como comportamientos terroristas. Y amenazar con represalias económicas a quien incurra en sospechas. Es una manera de hablar que en Oriente Medio se entiende perfectamente.