La pancarta es mía

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

LA FECHA fundacional de la nueva mayoría de izquierda data del 14 de marzo de 2004. Las vísperas sonaron los móviles, tronaron las radios afines y salieron a la calle los comandos pancarteros habituales. En la jornada electoral hasta injuriaron a los líderes del que sería Gobierno saliente. El cambio resultó incompleto, ZP no logró la mayoría absoluta y eligió depender del independentismo catalán, la otra pata cómplice de la insurgencia vasca. La nueva alianza encerraba en sí misma la semilla de la destrucción de España como Estado, del PSOE como partido responsable, del mundo intelectual y cultural como productores de saber y verdad, y de muchos medios de comunicación como soportes de información relevante. El Gobierno se apresuró a rematar la faena; alianzas internacionales con las peores dictaduras de la tierra, exhumación de la Guerra Civil para criminalizar a los rivales electorales, programa de diseño de las escuelas como aparatos de adoctrinamiento garantizado, palos a diestra y zanahorias televisivas para los amigos a siniestra, y sinecuras de alto calado empresarial a los pilares del nuevo régimen. Contra todo pronóstico, el modelo hegemónico no está funcionando; Rodríguez Zapatero se hunde en las encuestas, con ministras y ministros incluidos, y la percepción de que estamos gobernados por un aprendiz de brujo se extiende por doquier como calabobos persistente. Entonces se abandona el talante, los gobernantes recurren a expresiones disonantes, pierden el sentido del guión e incluso disparan con metáforas de insólita agresividad. Como el exabrupto de la presidenta del Parlamento de Galicia contra alcaldes en ejercicio que reclaman el mantenimiento de las inversiones de un anterior Gobierno representativo. Confundir la defensa de los intereses de sus pueblos con el esperpéntico y mendaz intento de golpe de Estado del 23-F de 1981 no dice nada bueno de la salud política e intelectual de nuestra izquierda. Aunque no deja de ser ilustrativo de los nervios que atenazan a los que hasta hace muy poco se consideraban monopolistas legítimos de la razón social ocupada desde la calle. La pancarta es mía, presentían. Nadie estaría capacitado para disputarles el protagonismo histórico, ni el más urgente de las próximas municipales. Al Partido Popular le reservaban el papel de manada desechable, bloqueada por el silencio de los corderos y ausente por las justas internas. Podrían ponerlo todo patas arriba, atar y sujetar una hegemonía adoctrinada sin apenas oposición solvente. Pero aunque los sueños del poder engendran monstruos, a nuestra sociedad, desconcertada y cada vez menos cohesionada, todavía le quedan resortes para decir no y buscar otras alternativas. No son buenos tiempos para la lírica, mas siempre queda margen para la esperanza. Rectifíquese o, si resulta humillante, procédase a la dimisión; vale más tener honra sin cargos que cargos sin honra. Al final la única pancarta que importará será la de un epitafio íntimo de sencilla dignidad.