Indigesta cena

| ASSUMPTA ROURA |

OPINIÓN

25 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ME CUENTAN que la otra noche, en el transcurso de una cena, Jordi Pujol, muy enfadado, riñó con ganas a los empresarios catalanes por haberse quejado públicamente de la pérdida de beneficios, un hecho constatado, por culpa del boicot a los productos catalanes. Con la severidad que ha caracterizado siempre al que fue presidente de la Generalitat de Cataluña, acusó nada más y nada menos que a los propietarios y gestores de las importantes fortunas catalanas de irresponsabilidad al haber mencionado la desdicha. ¡Qué gran empresario es Jordi Pujol! Sólo él parece conocer las reglas de juego eternas y universales del mundo de los negocios. Acusándolos de quejicas, los señaló como batallón de aprendices, sin necesidad de pronunciar estas mismas palabras, que para el buen entendedor unas pocas bastan. ¿Por qué irresponsables? Porque como les dijo el ex presidente, nunca hay que mostrar ante el enemigo-competidor el menor indicio de debilidad. Hacerlo es darle argumentos, armas, fuerza. En El arte de la guerra, Sun Tzu dejó escrito: «Los guerreros expertos se hacen a sí mismos invencibles y esperan a descubrir la vulnerabilidad de sus adversarios». Dos mil años llevan escritas estas viejas enseñanzas y, según parece, algunos empresarios formados en modernas escuelas de negocios todavía no se habían enterado. Pasa lo mismo, o al menos a mí me lo parece, con esas excursiones que hacen al Vaticano, sea con la excusa de la religión y la enseñanza, en el caso del Gobierno central, sea con la excusa de lo que se dice en la Cope contra Cataluña en el caso del tripartito catalán. ¿No es una prueba de debilidad ir en busca del poder supremo para que resuelva las dificultades que uno mismo no sabe resolver? Apuesto a que si Pujol mandara, en lugar de perder querellas y tiempo contra Jiménez Losantos ya le habría concedido una y mil entrevistas. Un cara a cara impagable, dicho sea de paso. Visto lo que hay, resulta irremediable aceptar que esa empresa en que se ha convertido la política haga aguas por todas partes y que lo que se haya de lamentar es que los damnificados no sean sus ejecutivos sino el ciudadano corriente, cuyo nombre no figurará en grandes letras cuando alguien trate de escribir lo que ya será historia, pero cuya terca esperanza nos librará, quizá, de un lamentable naufragio.