LOLA Villarino cometió un error que le provocará remordimientos cuando esté en compañía de la almohada. Al comparar la bronca que organizó el PP ayer en el Parlamento con el 23F, la presidenta de la Cámara autonómica se ha adherido a la retahíla de políticos presuntamente progresistas que aplican técnicas subliminales de totalitarismo. Éstas consisten en cercenar a los dirigentes y simpatizantes del PP el derecho a discrepar, atribuyéndoles la falsa condición de fachas, franquistas o golpistas. La misma falaz estrategia practicaba Aznar, por ejemplo, cuando muchos gallegos se manifestaban contra su gestión del Prestige y él los reducía a perros que «ladran» (sic). En los partidos de izquierdas y de derechas hay extremos ideológicos que se alejan de las actitudes democráticas. Pero son una minoría dentro de las organizaciones. Por eso cansa y estremece la táctica de aplastar la libertad de protestar que legítimamente ejercen los que en este ciclo político están en la oposición en Santiago y en Madrid. Aunque lo sugiera Villarino desde la Presidencia del Parlamento gallego, los alcaldes y los diputados del PP no son fascistas que veneran el tricornio y la metralleta. Algunos de sus representantes en las instituciones andaban en tacatá cuando Tejero entró en el Congreso, y muchos de sus votantes lo único que recuerdan de Franco son los dibujos animados en blanco y negro. Por eso cansa el discurso del guerracivilismo que comenzó en Madrid hace dos años y se extiende por España. La algarada del PP se ha hecho más estruendosa con el error de la señora Villarino. La presidenta estaba en su derecho de impedir el acceso al hemiciclo de los alcaldes y senadores que se agolparon a las puertas, si tenía indicios -y los había- de que pretendían montar una bronca. También podría haber autorizado su paso y, si luego mantenían una actitud irrespetuosa con la institución, solicitar su desalojo. Pero le venció la situación y ha puesto en bandeja de plata al PP una oportunidad para plantar al Parlamento hasta que su máxima responsable pida disculpas públicas. Porque Lola Villarino corrió muchas veces delante de los grises, debiera practicar con el ejemplo aquello por lo que luchó, en vez de sacudir sus fantasmas y aplastar al que no es de los suyos con la desacreditación gratuita. La presidenta de un Parlamento no puede llamar golpistas a los miembros de la oposición. Ni aquí ni en China. El bipartito paralizó obras que se habían concedido por Fraga a 200 municipios rurales y, por tanto, mayoritariamente en manos por el PP. Es una decisión legítima y polémica. Y debe achantar con ella y con las manifestaciones en contra que le organicen Feijoo y Barreiro. ¿O acaso en este país sólo tiene derecho a manifestarse la izquierda?