El cambio intranquilo

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

JOSÉ LUIS Rodríguez Zapatero llegó a la secretaría general del PSOE y, posteriormente, a la Presidencia del Gobierno con la oferta y la promesa de «un cambio tranquilo», primero en su partido y después en España. Aquel mensaje suyo, aquella divisa, caló hondo y generó unas sólidas expectativas. Es cierto que Zapatero nunca acabó de explicar en qué consistiría su «cambio tranquilo», pero se deducía de su talante y de su afán por pactarlo todo que se trataba de algo bueno, ajeno a todo riesgo y, desde luego, sereno y despejado. ¿De qué otro modo podía concebirse un cambio tranquilo? Ahora que Zapatero se acerca a la mitad de la legislatura, la pregunta es: ¿Sentimos los españoles que estamos viviendo un cambio tranquilo o, por el contrario, se disparan entre nosotros las alarmas del desasosiego y la desconfianza? Se podría responder que todo va bien, que la economía española funciona y que, en general, lo que ocurre es bonancible y aceptable. Pero los resultados de la reciente encuesta del CIS y de otros sondeos que han proliferado en los últimos días no abonan ese balance. Por el contrario, lo que se percibe, como bien escribió Xosé Luís Barreiro Rivas en este diario el pasado sábado, es que, «yendo todo bastante bien, los españoles empezamos a creer que todo es un desastre». Y esto es lo preocupante. Pero también es la consecuencia natural de una política que, en los últimos meses, ha abierto demasiados frentes sin emitir la seguridad de que pueda atenderlos todos debidamente. ¿Qué surge entonces? La intranquilidad y el desconcierto que revelan las encuestas. Esto es, el cambio intranquilo..., que puede devenir en cambio frustrado. Las palabras mágicas están ahí: cuestión vasca, Estatuto catalán, LOE, Endesa, PEIT, financiación de partidos, etcétera. Decía Oscar Wilde que «el descontento es el primer paso en el progreso de un hombre o de una nación». No creo que Zapatero comparta este aserto, pero a veces me hace dudar, sobre todo cuando se afana en meterle más carbón a la máquina. Su brillante carrera política acredita que sabe medir los tiempos y las oportunidades. ¿Qué ocurre entonces? ¿Que ha olvidado su divisa? ¿O sólo que la comunica mal?