EL TAXISTA miraba con pesimismo el rostro amable del país. Le íbamos ganando la carrera a la niebla que se acunaba en los recodos de la autovía. Atrás dejábamos Ferrol. La grúa pórtico de Astano/Izar enmarcando la ría se me antojaba el nuevo logotipo de la ciudad, como una escultura de Chillida dando cuenta y razón de un pasado industrial. Las grúas del puerto, de brazos caídos, semejan pájaros dormidos, grandes aves silentes, animales prehistóricos festoneando el paisaje. En la mar un portaaviones guardaba la bocana. El conductor del taxi era crítico con el inmenso paraguas de las subvenciones, dialécticamente beligerante con los prejubilados de cincuenta y pocos años. El taxista rondaba los sesenta. Al entrar en A Coruña, alabó los logros urbanos y reclamó el abrazo de doce kilómetros entre las dos ciudades. Constaté una vez más que la autoestima ferrolana seguía en horas bajas, pese a la evidencia e inminencia del puerto exterior, la carga de trabajo de los astilleros y la planta de gas. El corsé departamental comprime todavía en exceso el carácter ferrolano. Había sido invitado por Toxos e Froles para hablar de cómo se cuenta la cultura. La nueva sede estaba de estreno. La casa de la calle Magdalena olía a barniz y a nueva. Estaba espléndida en su puesta de largo. Los coristas y sus directivos pueden y deben de estar orgullosos. El coro casi centenario y real, que puso melodías y reviravoltas de baile a la galleguidad, inaugura un local de lujo acorde con las nuevas necesidades cuando ya el siglo pasó la página del pasado. Parabienes. En A Coruña la mañana acogía ese sol perezoso del otoño. Galicia entera estaba reunida en el museo de este periódico, festejando la cuarenta y siete edición del premio Fernández Latorre. Moncho Villares era el galardonado. Se premiaba la memoria de un país editada en el coleccionable que navegaba todo el siglo XX. Memoria que retomó Santiago Rey para apuntalar su discurso, que como sucede cada año, es el aldabonazo más preciso que desde la sociedad civil resuena en la conciencia colectiva de Galicia. Precisó el presidente de La Voz que «sin memoria, ni siquiera es posible la conciencia ética». El pasotismo y el fanatismo fueron los ejes que vertebraron el discurso, una apuesta pertinaz por la regeneración que demanda urgentemente este país. El editor de La Voz, sin pelos en la lengua ni en el diagnóstico, analizó desde el pesimismo más realista el estado de la cuestión y fue recordando la exigencia de los proyectos y el cumplimiento de los plazos, convocando a la esperanza puesta en las nuevas generaciones y asignando a cada i su correspondiente punto. Y aunque subrayó que él no tiene soluciones, sabe que existen. El último tren fue otra de sus tesis de memorable recuerdo. Ahora nos queda subirnos a la plataforma del último vagón o perder definitivamente el convoy. O quedarnos en el andén viendo cómo pasan en la lejanía los veloces trenes de futuro. Sin detenerse. El día había comenzado con otro análisis. En el aeropuerto, de vuelta a Madrid, me di cuenta de que algo nuevo y distinto comenzaba a asomarse a la esperanza.