Guardando las apariencias

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

16 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

HAY ALGO enternecedor en la preocupación de Francia por guardar las apariencias de país respetable y serio, que lo es. Así se explica que el Gobierno se haya manifestado tan molesto por las «exageraciones» publicadas sobre los sucesos ocurridos en los suburbios de París y otras ciudades. Porque, según el ministro portavoz, Jean-François Copé, lo que ha ocurrido es algo de lo que nadie está a salvo, como ya «lo hemos visto en el pasado y, desgraciadamente, lo podremos ver en el futuro». En este sentido le ha reprochado a la prensa extranjera la difusión de mapas de Francia con llamas junto al nombre de sus ciudades (en alusión a la CNN) o la reproducción de declaraciones de comerciantes afectados que magnificaban los hechos. ¡A ver si nos enteramos! Ni hubo una Francia en llamas, ni un riesgo de guerra civil, ni siquiera un mal ambiente para los turistas, que no tienen la costumbre de visitar barrios marginales. Es decir, en Francia no pasó nada. Un Chirac paternal ha impartido su bendición: «Quiero decir a los chicos de los barrios difíciles, sea cual sea su origen, que todos son hijos de la República». ¿Que ha fallado la política francesa de integración? Seguro, pero esto no es noticia. Se arreglará, y en paz. ¿Cómo? Con muchas palabras, con hermosos discursos, con espléndidas retóricas. Y así (ojalá me equivoque) hasta la próxima explosión . Digo que hay algo enternecedor en esta preocupación francesa por su propia imagen porque, cuando se trata de la imagen ajena, ninguno de esos principios periodísticos rige o se echa en falta. Tal es el caso de Estados Unidos, al que la prensa francesa descalifica habitualmente por la guerra americana , que es como suelen llamarle a lo de Irak. Tampoco tienen mucha consideración con nuestro país, al que admiran a su pesar -y cada vez más-, pero al que presentan demasiadas veces como un manifestódromo , subrayando nuestra sospechosa pasión por manifestarnos en las calles o cortar vías principales. Chirac achaca lo suyo al «veneno de la discriminación», y tiene razón, aunque no haga nada por remediarlo. El resto es achacable a la prodigiosa miopía francesa cuando miran a los demás. En este caso las exageraciones no son reprobables.