La enfermedad de la educación

| MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO |

OPINIÓN

NO SOY docente, sino clínico -cierto es igualmente que fui escolar, bachiller y universitario tiempos ha-. Lo que de la educación sé, lo sé por los años que pasé estudiando y por mis contactos frecuentes, como psicoanalista y profesional de la salud mental, con estudiantes, profesores y padres de alumnos. Hace años, un jefe de gobierno dijo que teníamos la juventud más preparada de todos los tiempos. Es posible, pero el Informe PISA 2003 sitúa a España en el furgón de cola de los países más desarrollados, en lo que se refiere a la formación de nuestros alumnos de secundaria. Parece ser una obsesión de todo nuevo Gobierno reformar la enseñanza¿ para mejorarla, se entiende. Pero, a tenor del citado informe, las reformas realizadas hasta el momento parecen ir en sentido contrario de mejorar los logros académicos de nuestros estudiantes. Esto se sabe, es obvio, y por eso nada añade, pero hay un pequeño detalle, un divino detalle, como diría Nabokov, que, como clínico, me permito rescatar: se trata del importante número de bajas laborales, por depresión, entre los docentes. ¿Es que los docentes son especialmente vulnerables psicológicamente, o es que son unos insolidarios que consiguen bajas sin motivo para ello? Lo que oímos en nuestras consultas no permite atribuir a la picaresca, en general, la notable incidencia de los problemas psíquicos de los profesionales de la educación. Entre otras cosas, porque hay quienes después de haber pasado el tribunal médico que le ha concedido, no la baja sino la jubilación, no salen de la depresión en la que su trabajo los precipitó. ¿Ha pensado la Administración el porqué del abultado número de esas bajas? Y más concretamente, ¿ha pensado la Administración por qué es precisamente la depresión el efecto que causa la situación de la enseñanza en los docentes? La depresión es el efecto de una relación al deseo. Y lo que dicen los deprimidos es que nada les causa, nada los motiva de su trabajo. El humor negro de un inspector médico hizo que le respondiera a un docente, en baja laboral, que él debería saber qué trabajo había elegido. No es verdad, y no lo es porque la docencia es una tarea de transmisión de un saber, un oficio en el que se busca despertar el deseo de saber, un trabajo de motivación -sin que eso exima de lidiar con los problemas y las travesuras de los discentes-. Pero hoy en día no se trata de travesuras, se trata de la irrisión de la autoridad, de una interminable lucha con chicos que el sistema ha llevado a la indiferencia, cuando no al odio al saber, en una política de encierro -por retomar la expresión de Foucault- que no hace sino acorralar a los posibles buenos alumnos amedrentados por aquéllos que rechazan el saber. No tenemos ninguna ley de enseñanza que proponer, pero sí un criterio infalible para juzgar cualquier ley, ya fuere de enseñanza o no: el de que una ley se mide por sus efectos, independientemente de la ideología del partido gobernante o de las buenas intenciones que siempre la preceden. Por tanto, la bondad de las distintas leyes de enseñanza encuentra su verdad en el número de suspensos de los alumnos y en el número de bajas de los docentes. Aún resta algo más. Podemos llegar a ver que, como ocurre actualmente con el Ejército profesional, no haya candidatos a la docencia. Todo se andará.