«ABUELA, la andalia». El niño se acercó a la pata coja a la señora sosteniendo en alto una sandalia que se le había desprendido del pie. Sin pretenderlo, había llegado espontáneamente a una forma antigua de designar esa clase de calzado, palabra que el Diccionario académico registra como sinónimo de sandalia y con la nota de «vulgar». En zonas rurales de la España meridional y de Castilla no es infrecuente su empleo. Como le ocurrió al niño, en muchos casos es consecuencia de la confusión que genera el plural las sandalias, que en la pronunciación corriente puede entenderse como las andalias, cuyo singular se queda en la andalia . En los orígenes más remotos del nombre sandalia ya está la s- inicial, tanto en griego como en latín ( sandalium , plural sandalia ). Lo que hoy parece deformación fruto de la inocente ignorancia era registrado en la edición del Diccionario de 1770, tres décadas después que las sandalias, voz de la que Covarrubias daba cuenta siglo y medio antes y que está en un Nuevo Testamento manuscrito del siglo XIII. La primera definición de la Academia afirmaba de la andalia que era «lo mismo que sandalia, que es como hoy se dice», e ilustraba el artículo con un verso: «Tres poetas por reliquia?/?piden una andalia al Santo?/?y con la andalia les iba?/?como á tres con un zapato». María de Zayas y Sotomayor había empleado la voz en Desengaños amorosos (1647-1649): «Traía sobre una camisa de transparente cambray, con grandes puntas y encajes, las mangas muy anchas de la parte de la mano; unas enaguas de lama a flores azul y plata, con tres o cuatro relumbrones que quitaban la vista, tan corta, que apenas llegaba a las gargantas de los pies, y en ellos unas andalias de muchos lazos y listones de seda muy vistosos». Sandalias o andalias, y ya con los pies en la tierra, siempre sin calcetines.