LA MANIFESTACIÓN de ayer contra la LOE acabó en Madrid como era de esperar: con una guerra de cifras tan habitual como increíble. Tal guerra resulta, en todo caso, inevitable, pues es ahí donde se juega el impacto político de cualquier manifestación que pretenda torcer el pulso a la mayoría de gobierno. Y es que según la tesis dominante en la derecha y en la izquierda, los gritos de los manifestantes deberían ser oídos -o no- por sus destinatarios en función del número de personas que los convocantes consigan sacar en procesión. Toda manifestación tiende, pues, a confrontar dos legitimidades, la de la calle y la del Parlamento, y, con ellas, dos tipos de democracia: la representativa y la directa. En defensa de la primera pronunció Giovanni Sartori una conferencia en 1998 en el Congreso cuya tesis central no estaría de más recordar en este país que se manifiesta a diestro y siniestro un día sí y otro también: según Sartori, cuanto más se someten los representantes a las exigencias directas de sus electores, más prevalecen en su labor de gobierno los intereses localistas sobre los intereses generales. No hace falta saber mucho de teoría política para entender la gran verdad que encierra esa reflexión del flamante premio Príncipe de Asturias: las decisiones parlamentarias de las democracias representativas son el resultado final del proceso electoral, en el cual participan millones de personas; por el contrario, las iniciativas que los manifestantes pretenden imponer constituyen demandas minoritarias que se exigen en la calle tras haber sido derrotadas en el único foro -el Parlamento- en el que todos están, por definición, representados. Ese es, de hecho, el lugar donde queda garantizado el respeto a un principio básico del proceso democrático: el que todas las voces, y no sólo las de los que más gritan, sean tenidas en cuenta en función de su peso real en la sociedad que el Parlamento representa. Es verdad, claro, que, como el mismo Sartori subrayaba en su discurso, para que la democracia representativa vaya bien, las elecciones deberían poder cumplir la misión cualitativa con que fueron concebidas: la de seleccionar a los mejores. La realidad es, sin embargo, «que se han convertido en una forma de seleccionar lo malo, sustituyendo un liderazgo valioso por un liderazgo impropio», lo que dificulta el nivel de acuerdo que exigen las democracias eficientes. No hay más que ver lo sucedido con la LOE para aceptar, sin titubeos, la tesis de Sartori. Y es que con políticos como Acebes o Fernández de la Vega, acaba siendo normal que las calles se llenen de manifestantes iracundos. Ahora y antes.