OFERTA comercial: pagaré el sueldo de una semana (no se hagan ilusiones respecto a la cantidad) a quien me facilite una trascripción de la entrevista de la vicepresidenta Fernández de la Vega con el secretario de Estado de la Santa Sede. En su defecto, me conformo con la trascripción del momento en que Zapatero y doña María Teresa deciden la visita. Porque tuvo que ser algo así: «Oye, presidente, que a estos obispos no hay quien los meta en cintura; que van a sacar un millón de personas a la calle y, encima, Rajoy va a capitalizar para el PP el voto católico». «¿Y qué propones?», habrá preguntado ZP. «Como Blázquez no pinta nada, que Rouco le tiene comido el terreno, hay que ir a la cabeza. Al Vaticano. De Estado a Estado. E insinuar que tenemos la llave del cepillo». Y allá se fue María Teresa, en misión imposible. ¿Hay que ir con mantilla?, habrá preguntado al embajador. «No, mujer, que Sodano no es Su Santidad». La agnóstica ante Su Eminencia. El pecado terrenal frente a la beatitud. La que dice «compañeros» en el mitin, frente al que comienza homilías con un fraternal «hermanos». Año y medio de experiencia de gobierno ante veinte siglos de toreo a los poderes civiles: emperadores, reyes, invasores, valedores de papas, herejes, gobernadores de ínsulas y otras gentes de ambicioso vivir. ¿Y cómo volvió doña María Teresa? ¡Ay, Señor! Si yo lo supiera, no ofrecería mi sueldo. Según el portavoz de la Conferencia Episcopal, ha venido con la santa recomendación de que hable con los obispos españoles, que están deseando pactar. Pero ese desplante no se le hace a la vicepresidenta de la nación que da más dinero público a la Iglesia, por agnóstica que sea. El Vaticano, especialista en prometer el perdón y el cielo, no puede devolver a su país sin esperanza a quien peregrinó a Roma con tanta ilusión de provocar el milagro. No. Yo creo que el cardenal Sodano utilizó otras armas. Habrá preguntado con beatífico interés cómo va la experiencia de tanto pecado socialista con los matrimonios gais. Habrá mostrado su ignorancia de lo que ocurre en las sacristías hispanas, porque el Evangelio dice: «Que no se entere tu mano derecha de lo hace tu mano izquierda»; pero comprende el frufrú de las sotanas en nación de tan profundas raíces cristianas. Habrá prometido mirar «qué podemos hacer, porque ustedes que tienen autonomías entenderán que respetemos la autonomía de las mitras españolas». Estas cosas siempre terminan así: «Miraremos qué podemos hacer». Y habrá confesado su humana impotencia, pues las pancartas son tan imparables como la fe. Al final, la enviada habrá hecho balance ante ZP. «No te traigo arreglos, pero sí un gran consuelo: la bendición de Su Santidad».