Ya no es mía

| VENTURA PÉREZ MARIÑO |

OPINIÓN

NO POR repetido es más cierto, pero la realidad es que en la sociedad occidental, y para nosotros de forma especial, en la sociedad española se han producido en los últimos años notabilísimas transformaciones sociales, sobre todo por lo que aquí concierne, en lo referido a la mujer, el matrimonio, el divorcio, el aborto y las prácticas anticonceptivas, que, por ende, han modificado -va de suyo- el papel de la mujer en la sociedad. Se han roto los moldes tradicionales que conformaban la estructura formal de la familia. Es ésta una historia de siglos que arranca del Génesis: «Ésta será llamada mujer porque del varón ha sido tomada... A la mujer le dijo: tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos; con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará». Pues bien, de afirmaciones como esas del Antiguo Testamento se ha conformado a lo largo de los siglos un decálogo de principios inmutables que constituyen una auténtica ideología conocida como tradición judeocristiana. En esa tradición, el papel de la mujer en la sociedad y en la familia aparece subordinado. Castigadas por el antecedente del pecado de Eva, privadas de toda autonomía, las mujeres deben someterse en silencio a sus maridos y agradecerlo. Con una ideología tan enraizada en el tiempo resulta que cualquier cambio, y más si es radical, produce torsión y chirridos en los ciudadanos menos evolucionados que responden de forma primitiva ante la nueva situación y levantan la mano contra aquellas mujeres que ponen en duda su pertenencia al varón: la maté porque era mía... Contra ese tipo de aptitudes y exteriorizaciones criminales, pasionales por excelencia, pocos argumentos se pueden utilizar más allá de la educación y de la severidad de la respuesta coercitiva del Estado. Por ello no extraña que a pesar de tener una legislación moderna y completa -la Ley Integral contra la Violencia de Género-, sigan apareciendo casos de maltrato y asesinatos de mujeres, y que de forma reiterada el perfil de los maltratadores sea el de hombres que no han comprendido o aceptado el cambio producido en la sociedad y el nuevo rol de la mujer, que ha dejado de ser un bien propio, sin autonomía y sin decisión. La solución, como decía, ha de venir fundamentalmente de la educación. Un aprendizaje igual de niñas y niños, iguales en derechos y en deberes, ha de desembocar en una sociedad en la que la mujer no se vea obligada a reivindicarse diariamente. Una sociedad en la que, como se ha dicho ingeniosamente, accedan a puestos de responsabilidad tantas tontas como tontos. Ese día, el maltrato y el asesinato habrán desaparecido como fenómeno social.