Epidemia de «nacionitis»

| JUAN JOSÉ R. CALAZA |

OPINIÓN

07 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ESCRIBIÓ Marguerite Yourcenar, Memoires d'Adrien, que incluso los hombres más opacos emiten algún resplandor. Incluso los nezionalistas : este amigo de los asesinos toca bien la pandereta; ese chantajista es un buen hijo; aquel idiota de pena compartirá fraternalmente sus risotadas con otros tontos. Algo así puede decirse no sólo de los nezionalistas pero asimismo de la política nacionalista: de cuando en cuando, acierta. También los relojes parados marcan correctamente la hora dos veces al día. En lo que no aciertan ni por casualidad -si bien la nacionitis periférica que sufre Zapatero podría amparar un irreversible desaguisado constitucional- es que Galicia sea una nación. España se construyó como nación a partir del instinto político castellano, que había heredado -por encima de cualquier otro pueblo europeo, excepto Portugal- el sentido de la dignidad y entereza romana: «Pobre en palabras pero en hechos largo». De ahí que el Miño constituya la más antigua frontera de Europa. Con tal arrolladora vitalidad, ¿quién en el extranjero ha dudado jamás que España sea una nación? Pero como la logomaquia que trajo la democracia, en subproducto, se explayó en consideraciones pedantescas, algún listillo apuntó a la diversidade del «Estado plurinacional español». Y coló. Sin embargo, si hay un punto en el que coinciden todos los analistas sociales es que nuestra época es la de la complejidad , tornándose inviable e ingobernable cuando se le añade la diversidade . La diversidad cultural era de recibo antes de la invención del telégrafo y es buena hoy para el mundo natural, los zoológicos y, si se me apura, para los menús del restaurante, pero para las comunidades sociales y políticas del siglo XXI, lo que se requiere para que funcionen es la compatibilidad y la racionalidad. Una «nación de naciones» es incompatible e irracional. Y tan natural es la nación española que seguiríamos siendo nación aunque cambiáramos radicalmente de idioma. Lo que no es viable en este mundo ultracomplejo es una España con varias lenguas. El idioma propio y distinto no es necesario para definir una nación. Un pueblo puede importar un idioma sin dejar de ser nación. Es el caso de Cuba, Irlanda, Brasil, etcétera. Por ello, Galicia podría seguir siendo una nación, si lo fuera, incluso hablando en castellano. Lo que define verdaderamente a una nación es el sentimiento común de haber compartido los hechos fundamentales en el proceso de formación de su identidad, y en el caso gallego esos hechos no existen fuera del contexto que nos es común a todos los españoles. Por ello los nezionalistas insisten tanto en el hecho diferencial de la lengua y se inventan un pasado mítico que gana en leyenda lo que pierde en veracidad. Galicia forjó su conciencia de pertenecer a España (y de contribuir a su creación) desde una larga andadura iniciada con la colonización romana (base del derecho y la lengua, ¿o no?), la invasión germánica, la invasión árabe, la reconquista y cristianización, la gramática de Nebrija, el descubrimiento, conquista y colonización de América, las guerras contra Inglaterra, las guerras contra Francia, El Quijote , la política mediterránea, la invasión napoleónica, la pérdida del imperio, la primera revolución industrial, las guerras de Cuba y Marruecos, la Guerra Civil, la segunda revolución industrial y el advenimiento de la clase media, y, en la actualidad, la conciencia de luchar contra los agentes del separatismo al servicio de los intereses anexionistas de nuestros vecinos. Por lo demás, pelillos a la mar.