Castilla y León
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Carta al COAG

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

07 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LA ARQUITECTURA y el urbanismo son disciplinas difíciles. Están a medio camino entre lo público y lo privado; ordenan y encajan a las personas en estuches y en ciudades donde disfrutan o sufren; la obra edificada queda expuesta a la opinión pública, para bien o para mal, durante muchos años, tal vez siglos; la sociedad para la que se trabaja está en cambio permanente y eso no siempre se percibe; construir exige una preparación tecnológica continuada y minuciosa; se sufre ante el papel en blanco; la competencia entre colegas empieza a ser obscena... Sin una formación global no hay arquitectura ni urbanismo buenos. La ciudad, con sus planes y edificios, es en buena medida cosa de los arquitectos. No es verdad que sea una cuestión de mera política donde se pone la línea según la voluntad del gobernante o del promotor, o un simple ejercicio estético formal al margen de la dinámica social. Querámoslo o no, este es un asunto decididamente nuestro, que exige un equilibrio delicado y continuo, conjunción de la ética personal, la estética de la fábrica que se construye y la economía, no sólo la del beneficio inmediato sino también la de medio plazo, con la implantación de inmuebles racionales y sostenibles. Todo ello para una sociedad en evolución, a la que no se puede ser tangentes yendo a remolque de la conyuntura; bien al contrario, se trataría de ir por delante con propuestas e inventiva, y para ello hay que conocer sus pautas y conductas, algo que, por cierto, todavía no se enseña en las escuelas de arquitectura. Creo que el colectivo profesional se beneficiaría si se propone revisar su dimensión mediática. No se trata de un puñado de estrellas rutilantes sobre un magma opaco. La puesta en escena debe incorporar otras disciplinas que intervienen y piensan, cada vez más, en el proceso de la buena construcción urbana y territorial, dando entrada a los ciudadanos con sus necesidades y sus sueños, su hartazgo y también su banalidad. Desde su fundación en 1973, el Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia ha tenido una actuación que se puede considerar ejemplar en el proceso de cambio acontecido en nuestro país. En vísperas de la transición fue uno de los motores de movilización social, incluidas frustraciones como la campaña contra el derribo del edificio Castromil en Compostela y errores como la oposición a la navallada de la autopista. En esta trayectoria han estado al frente personas comprometidas: Andrés Fernández-Albalat, Pepe Bar, Juan González Cebrián, Javier Suances, Miguel Silva, Arturo Conde, José Manuel Rey Pichel y Teresa Táboas. La normalidad democrática permitió que se dedicasen más esfuerzos a la profesionalización y la formación, visibles sobre todo en la etapa de los dos últimos decanos. No me ha costado trabajo escribir este artículo, me lo sugirió la lectura del programa con el que Celestino García Braña opta a presidir el Colegio. De nuevo veo el empuje, las ideas y el compromiso capaces de propiciar, en colaboración con la Administración autonómica y los ayuntamientos, con la Escuela de Arquitectura y otras organizaciones, un escenario en el que la profesión escuche a la sociedad y no atienda sólo a sus objetos y, a la recíproca, la sociedad asuma que la práctica profesional es algo más que un galimatías de líneas, cotas e intereses.