MIENTRAS sólo sea Francia la que arde por los cuatro costados, podemos darnos por satisfechos. El problema, que puede plantearse en cualquier momento, es que sea Europa la que comience a arder. Y que sea América del Norte la que le siga. Y después América del Sur. Y Oceanía. Porque estuvimos tan entretenidos buscando agua en Marte y petróleo en el océano, que ni cuenta nos dimos de que delante de nuestras narices teníamos un problema de envergadura por resolver. El vandalismo que está convirtiendo al país vecino en un gran campo de batalla no puede ser analizado en clave política. Ni es tan simple como quiere hacérnoslo ver el ministro Sarkozy cuando nos habla de «chusma» y de mano dura. El análisis hay que hacerlo en clave social. Y hablar de dejadez, de incapacidad, de frustración, de desarraigo, de hacinamiento y de exclusión social. Porque si incapacidad es la que mostró Francia para integrar debidamente a quienes hoy queman coches, colegios, almacenes y viviendas y que son los mismos que causaron ya la primera víctima mortal, incapacidad es la que muestra en estos momentos para proteger a sus ciudadanos de la barbarie. Lo sencillo para Francia, como para el resto del mundo, fue mirar hacia otro lado mientras en las periferias de las grandes ciudades se levantaban inmensas favelas de inmigrantes. Lo difícil va a ser ahora apagar la hoguera, poner orden y llevar a cabo la integración de los alborotadores. Amamos el riesgo y de ahí que busquemos siempre el más difícil todavía. Así que mientras sólo sea Francia la que sufre en sus calles la violencia del desarraigo, podemos sentirnos complacidos. Y aprovechar para sacar conclusiones y para ponernos manos a la obra. Y hacer esa integración profunda que es lo que teníamos que haber hecho hace tiempo si no estuviéramos tan ocupados promocionando excursiones a la Luna.