A FRANCIA se le caen las soberbias. La semilla de la decadencia germinó en la II Guerra Mundial, cuando se rindió sin resistencia los ilustres invasores germanos. Deben su liberación de la bota hitleriana a los denostados anglosajones. Ellos pusieron la sangre, el sudor y los muertos. Francia encubrió su pasividad con la altivez de Charles de Gaulle y el mito de la Resistencia; pero copió las fórmulas de los imprescindibles yankees para desarrollar su economía. Funcionó e inventó la grandeur , la vía gala hacia la pedantería lingüística, que tanto explotaron sus mâitres á penser . En la trastienda, los grupos sociales se lanzaron a la construcción de un Estado corporativo e intervencionista, controlado por una rotación de élites salidas de las grandes escuelas selectivas. El postbonapartismo funcionaba y la integración de las clases trabajadoras era posible por la entrada masiva de inmigrantes que los sustituían en la base de la pirámide social. El modelo estalló con la globalización, la apertura internacional, Internet y el surgimiento de nuevos países competidores. Y la vieja Francia se enrocó. Nadie se atrevió con la regeneración del sistema. Izquierda, centro y derecha compitieron en la escalada de la corrupción; y maniobreros como Mitterand se inventaron partidos como el FN de Le Pen para recortar el campo electoral de sus adversarios directos. Abrió la caja de Pandora y el xenófobo suplantó a los socialistas en la carrera presidencial del 2002. Chirac siguió el modelo y jugó al gorroneo internacional, apoyándose en las únicas dictaduras que quedaban en la tierra, las petroleras. Huyó de los problemas internos enfrentándose a las democracias que los habían liberado, en la nueva lucha por democratizar los países árabes. Ahora le llega su bumerán, precisamente con Villepin al frente, su chico de la ONU. Quiso apaciguar a los violentos y éstos han detectado su debilidad. Sigue aparentando, responde con palabras y trata de utilizar los disturbios contra su competidor interno, Sarkozy. Todas las reacciones de la clase política francesa suenan a falso, a impostura grandilocuente, que tanto habla de cohesión nacional, multiculturalismo, solidaridad e integración étnica, como de basura agitadora. Los incendiarios no tienen programa, solo voluntad de poder; queman escuelas, fábricas y coches de las clases populares sin aparcamiento privado. Para ellos detrás de las llamas no yacen las esperanzas de la libertad, como en la primavera del 68. Sino un conglomerado de delincuencia, automarginación y sedicente islamismo, coordinado con los teléfonos móviles que ha inventado la ciencia occidental. El mayo del 68 llegó a España con sus ambivalencias de nihilismo y libertad. Antes nos había llegado lo mejor de una Ilustración que nunca llegamos a incorporar plenamente. Ahora no sabemos si el mal del otoño francés también anidará en España. No se presiente que estemos preparados para evitarlo.