El tercer hombre


HAN PASADO más de veinte años. Lo conocí en una escala que el avión efectuó en Dakar. Viajábamos a la toma de posesión del presidente Alfonsín. Al día siguiente Julián Lago y yo lo encontramos paseando por el porteño Parque Japonés, la noche era de terciopelo y tango, nos confesó emocionado que su abuelo emigrante retornado le había contado aquel parque que su memoria reconocía.Nos cayó bien aquel tipo, el alcalde del pueblo de donde era oriundo Alfonsín. Lo perdimos en la barahúnda bonaerense, en la fiesta cívica de la democracia recuperada tras la negra noche de la dictadura militar. Volvimos a vernos en los jardines de la estancia presidencial y siguió relatándonos historias de molineros y emigrantes, historias bien narradas con esa economía oral de quien las ha escuchado mil veces. Nos dijo que tenía un proyecto para su ciudad y otro para Galicia. Meses después coincidimos en un restaurante madrileño. Almorzaba con Laxeiro, me senté a su mesa en los postres. Era algo más que un alcalde. Durante su etapa compostelana lo he frecuentado muy poco, algún saludo en bolos culturales, referencias cordiales por amigos comunes y amores y odios en idéntica proporción cuando el análisis político lo hacía inevitable en conversaciones de futuro. Quiso poner acento gallego en el paisaje popular, y por algún bolsillo de su chaqueta asomó la boina. Su pueblo es hoy una ciudad pujante y el proyecto para Galicia un más de lo mismo en oferta. Reivindica un modelo balbuceante y confuso que por ahora no pasa más allá del enunciado, y desde Ourense sus aliados le ponen musica de trombón a la banda sonora de su concurrencia, de su candidatura. Es el tercer hombre, el tercero en discordia, aunque hay quien dice que el segundo en concordia por mor de pactos secretos y alianzas probables. El patrón lo repudió en público y, dándose por aludido, hizo encajes de bolillo filológico trocando refundar por ahondar , que al fin y al cabo son primos semánticos. Nuestro tercer hombre no es el protagonista de la película de Carol Reed, ni Greene escribió ninguna novela que me sirva para justificar el título de este artículo. Posee una astucia atávica y racial, acaso demasiado arquetípica, divide a la opinión más cualificada y ya se ha limpiado las salpicaduras del chapapote, aunque nunca se quitan del todo. No escribo aquí su nombre por un capricho de estilo, pero ustedes saben perfectamente de quién hablo. El mismo director que firmó El tercer hombre con Orson Welles tiene en su haber dos éxitos que me vienen muy bien para concluir: Larga es la noche y El ídolo caído . No saquen conclusiones apresuradas. En próximas semanas escribiré sobre los otros candidatos. Prometido.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos

El tercer hombre