ANDAN profesores y padres atribulados por la baja calidad de la enseñanza actual y por el ninguneo permanente de los alumnos hacia los señores maestros. Tanto que hasta parece que añoraran los métodos de aquella escuela franquista, represora y cutre que tan grato recuerdo ha dejado en generaciones enteras. El caso es que un grupete de sesentones formados precisamente al ritmo de la lista de los reyes godos comentaban hace unos días sus experiencias como infantes en proceso de formación. Contó el uno cómo en el transcurso de una función teatral escolar aguantaba sus nervios de cuatro años tras el telón cuando fue reclamado por su hermano, cinco años mayor, desde el otro lado del escenario. Inocente, cruzó a la carrera por el medio de la escena. Respuesta del profesor: elevar al cativo por las patillas y zapatearlo contra una pared. Contó el siguiente cómo consumió horas de congoja en la clase que compartía con un compañero zurdo que para el maestro era, al parecer, una versión diminuta del marqués de Sade. Para corregirle el vicio, el profesor reforzaba las cuerdas con las que inmovilizaba la extremidad izquierda del chiquillo con contundentes bofetones que acababan consiguiendo que el torturado sangrase por los oídos. Contó la tercera que, de niña, su madre, cada vez que la peinaba, tenía que sortear los bultos que pobablan su cabeza y que no eran sino las muescas del borrador de madera que le lanzaba su maestro a su cráneo infantil. ¡Qué buena era la escuela de antes!