Oficio de difuntos

| ALFONSO DE LA VEGA |

OPINIÓN

EN UNA OCASIÓN Neruda escribió que las palabras de los conquistadores españoles cuando caían de sus yelmos emplumados se convertían en las piedras preciosas de la lengua española. En este Día de Difuntos, en las Cortes, las palabras de los diversos compañeros de aventura del presidente Zapatero sonaban a las monedas de plata arrojadas a la cara de Judas. No le ahorraron la vergüenza de escenificar esta traición al pueblo español, ni de disimular la hiel de ninguna amenaza de lo que nos espera el futuro si se salen con la suya en el proceso contrarrevolucionario que el presidente Zapatero patrocina y ampara. Ahora resulta que todos son eximios representantes de grandes naciones oprimidas desde la noche de los siglos y aprovecharon sin contemplaciones la herida abierta en el templo de la soberanía nacional por quien ha prometido defender la Constitución, para insultar al pueblo español como nación opresora, fementida y canalla. Si la transición de hace treinta años fue un ejercicio de disimulo en el que tanto el Rey como promotor como el presidente Suárez como gerente entraron con el caballo de Troya en las instituciones y las Cortes franquistas, que se suicidaron políticamente al aprobar la Ley de la Reforma Política, ahora estamos ante una segunda transición. Si la primera transición, más allá de que algunos dirigentes pudieran ser también acusados de perjuros, tenía la significación última de promover la dignidad del pueblo español para que se dotara de instituciones democráticas pese a los defectos de la Constitución, ahora nos hallamos en el umbral del proceso de destrucción de España como nación. Como entonces los procuradores, ahora los diputados han votado su propio suicidio. Pero, a diferencia de los procuradores de Franco, ahora, sin vergüenza, dignidad ni altura de miras.