Los impuestos

| X. ÁLVAREZ CORBACHO |

OPINIÓN

03 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ROBERT NOZICK afirma que el impuesto es un robo. Hayek y Friedman son más educados y transmiten sólo un odio amable a la fiscalidad. Laffer dice que reduciendo los tipos impositivos el Estado aumenta la recaudación. Se pervierte sin pudor el diseño teórico de Kaldor o Meade sobre el impuesto que grava el gasto personal, para justificar hoy la hegemonía de la imposición indirecta y destrozar el IRPF. El pensamiento económico neoliberal es ya tan dominante en materia tributaria que hasta la socialdemocracia camina a bandazos entre la confusión, la parálisis y la incapacidad para defender y hacer efectivos los principios impositivos de justicia y eficiencia. Otorgar más capacidad fiscal a las comunidades autónomas para financiar la sanidad dio lugar a que gobiernos de color político distinto acordaran medidas tributarias similares. Porque si uno grava los hidrocarburos, el otro también, además del tabaco, alcohol y electricidad. Una fiscalidad sobre consumos específicos que no brilla precisamente por su eficacia, oportunidad y justicia, porque gravar hoy los hidrocarburos moviliza a los sectores económicos más organizados que presionarán para eliminar o paliar ese aumento tributario, generando así agravios comparativos insoportables. Por otro lado, financiar la sanidad exige una lucha incesante contra el fraude fiscal, así como desarrollar impuestos generales que incidan sobre magnitudes solventes y expresivas de la capacidad económica del contribuyente. Pero vivimos en un mundo con escasa cultura fiscal y esquizofrenia galopante; un mundo donde el impuesto incomoda o apesta, ante un gasto público que no cesa; un mundo donde la razón política es a veces un imposible. Otro ejemplo ilustrativo lo proporcionan los plenos municipales cuando discuten el presupuesto. Porque se puede prometer la luna, pero casi nadie habla de impuestos. En ocasiones, aparecen tímidos ajustes sobre ciertas tasas, según el IPC, que normalmente la oposición cuestiona apelando a un enigmático rigor fiscal. La financiación de los municipios se nutre así, en buena medida, de deudas, ayudas y subvenciones que proceden de otros entes, mientras el alcalde es juzgado con severidad por su capacidad para conseguir la subvención. Se alimenta y consolida así una incultura política fundamentada en la picaresca y en la clientela. Enfrentarse con rigor a este círculo vicioso de la fiscalidad es crucial para construir un país moderno y sensato. Los beneficios de la razón social son siempre inimaginables.