LO MEJOR del debate de admisión a trámite de la reforma del Estatuto catalán ha sido el buen tono y la corrección formal de quienes intervinieron. Lo peor, la constatación de las distancias, sobre todo entre populares y socialistas, que auguran un proceso complicado y lleno de tensiones. Zapatero se mostró conciliador y esperanzado, pero no despejó las incógnitas existentes (las anunciadas «líneas rojas»), remitiendo así su resolución al propio proceso de negociación en las Cortes. Mariano Rajoy se puso en lo peor, que para él era la admisión a trámite del proyecto de Estatuto, y lanzó su batería de argumentos y advertencias, bien ordenados, señalando que lograr un buen texto a partir del actual era como intentar hacerle la permanente a un puerco espín. Las intervenciones de los representantes catalanes también tuvieron los mejores tonos cordiales, mostrando su predisposición a admitir cambios que no desnaturalicen el actual texto. Cabría decir, pues, que todo ha ido como se esperaba. Sin embargo, las palabras no han logrado eliminar la desconfianza que existía y que quizá engordó con esa sesión. Y esto es lo peor. Porque ya casi nadie sabe con certeza lo que de verdad quiere cada cual y hasta dónde está dispuesto a llegar. Algo ciertamente inquietante.