NO ES solamente un color, es una característica, un estado de ánimo. Noviembre es el mes más gris del dorado otoño. La cruz de los tópicos no deja que se imponga la cara amable de la realidad, y en la radio suena una versión de un tema americano que asegura que miña terra galega donde o ceo sempre é gris ..., y lo desmiento mirando el paisaje y levantando la cabeza, y la línea del cielo es malva con la tarde, el azul se aterciopela como en una colección de invierno de los grandes diseñadores gallegos, y Florentino, Caramelo o Roberto Verino pintan de colores del país la oferta de la moda. Gris es el color de la mediocridad, de la miseria, un color antiguo que ya se desdibuja en la escala cromática, el color de cómo nos ven quienes no nos conocen, el color del destierro y del olvido; gris es la desmemoria, la obstinación, el erre que erre. Es falso que el color de la lluvia sea el gris. La lluvia está compuesta por transparencias del color de la luna, por millones de gotas de agua que nadie ve, del material con que se pinta el arco iris en la factoría del cielo. Galicia no es gris, grises son los datos del INE que dan cuenta que la mitad de los hogares gallegos pasan apuros para llegar a fin de mes, o constatar que los trabajadores gallegos desempeñan la jornada laboral mas larga de los países de la Unión Europea, saber que los salarios en Galicia crecen por debajo de los precios y que el empleo es más precario que en Europa. Leer en el citado informe que los sueldos son en Galicia un 15% inferiores a la media española. Esto sí que es grisura rayando con la más negra de todas las lecturas. La nueva versión galaica de la ley del embudo de un incomprensible más por menos que no se entiende en esa nueva versión del Hamlet que señala a Horacio que «hay cosas en la tierra y en los cielos, en Galicia, que ni tu imaginación ni tu conocimiento son capaces de comprender». Gris es el déficit acumulado de la Xunta, esos casi cuatro mil millones de euros sin argumentos justificatorios. Tan gris como el país de Xan das Bolas, que con inaudita frecuencia exhuman desde Madrid en series en prime time con narcos de guardarropía hablando en castrapo, o con Torrentes y Seguras de verbal incontinencia geográfica y sal gorda de revista o sainete. Galicia no es gris. Hay una sobredosis de tópicos para salpimentar una galleguidad que no nos corresponde ni nos merecemos. No hay luz más límpida ni aires más armónicos que los que duermen en el colo del viento que en el norte tiene cita. Cuando las nubes son un decorado de estaño que refleja la mar, ese tono de grises se desvanece, se deshilacha en hebras de rojos y de sienas, de banderas blanquiazules que ondean al compás que marca la brisa, la misma que despeja el paisaje de las negras sombras que habitan en un himno y que son la melodía de la melancolía. En este tiempo de silencios, en el noviembre de todos los santos y de los fieles difuntos, de largas noches y de magostos campesinos, tengo la obligación de desmentir el infundio, de desnudar de grises mi país, de volver a afirmar que son leyendas urbanas, que el gris no es un color, es un evitable estado de ánimo. Quizás una circunstancia. Va a ser eso.