Alberto Hurtado

JOSÉ R. AMOR PAN

OPINIÓN

CURA ROJO, comunista¿ eran algunos de los selectos adjetivos que los sectores conservadores de la época dedicaban a este jesuita chileno que el pasado domingo Benedicto XVI elevó a la gloria de los altares. Durante su vida (1901-1952) realizó una enorme labor social en Chile, que sólo con el tiempo ha sido más comprendida y reconocida. Una noche encontró a un pobre enfermo que no tenía dónde ir; otra noche fue un grupo de niños que dormían bajo los puentes del río Mapocho los que llamaron su atención¿ No podía dejarlo estar. Buscó y reunió en torno a sí personas generosas que dieron lo que tenían, y así fundó el Hogar de Cristo, su gran obra. Con incansable tenacidad salía en su camioneta verde a recoger a los pobres para llevarlos al hogar a tomar leche caliente y dormir en una verdadera cama. Más tarde fundó talleres para darles educación y capacitarlos en un trabajo digno. Fundó, además, la revista Mensaje y el sindicato obrero Acción Sindical Chilena: consideraba el sindicalismo como la herramienta capaz de influir en las reivindicaciones sociales con pluralidad, solidaridad y recta justicia. No se olvide que la mayoría de los chilenos por aquella época estaban en condiciones de subproletariado. Tuve la suerte de conocer su obra hace tres años. Me encontraba en Chile para dictar dos conferencias en la Clínica Alemana. No quise desaprovechar la ocasión para saludar al también jesuita Agustín Moreira, que había sido alumno mío en la Universidad Pontificia de Comillas. Me encontré con que era el actual capellán general del Hogar de Cristo. Me impresionó sobremanera que la sede de la obra (sin duda la ONG de mayor prestigio y actividad en Chile) estuviese en un hogar de moribundos, de escasos y pobres medios, y que a pesar de todo reinase un ambiente de serenidad y franca esperanza. Hacían suyas, sin duda, las palabras del nuevo santo cuando cayó enfermo de cáncer y, hospitalizado y con fuertes dolores, jamás se quejó y repetía: «Contento, Señor, contento». Este es el tema central que hubiera debido ocupar a los obispos católicos reunidos en sínodo durante tres semanas, y no el debate estéril sobre rúbricas minuciosas, vestimentas anacrónicas o la comunión en la mano.