Hay que creérselo

OPINIÓN

HACÍA veinte años que no visitaba Huelva y encontré una ciudad que apenas fui capaz de reconocer. Salvo la catedral, con sus pinturas fajeadas ahora desconchadas, los edificios institucionales y la trama geográfica de sus antiguas calles, la transformación ha sido radical. Las instalaciones comerciales y portuarias han seguido creciendo, y hay que subir al Cabezo del Conquero para divisar las bellísimas marismas del Odiel y el Tinto, confundidas cromáticamente con un cielo aquel día grisáceo. La imagen más representativa de la capital de los lugares colombinos es el polo químico que, con sus gigantescas balsas de fosfoyesos, ocupa más de mil hectáreas; y, a pesar del valor ambiental de la zona, se sigue industrializando contra viento y marea, con la reconstrucción de la planta térmica. Observé dos actitudes ciudadanas respecto al binomio industria-medio ambiente: una institucional, más conformista, que mira a corto plazo y sobre todo al empleo, y otra más discrepante, con el Colegio de Arquitectos al frente, que demanda racionalidad en la cascada de implantaciones industriales teniendo en cuenta la culminación de su ciclo de vida útil y que, en consonancia con el carácter de reserva natural de la biosfera de las marismas, quiere regenerar la ría y abrir la ciudad. Un curso sobre planeamiento, con una concurrencia inusitada, nos lleva a hacer alguna reflexión sobre la participación ciudadana. En pocos años pasó de ser asunto de plataformas, asociaciones y los abajo firmantes para dar empuje al cambio político y de servir como gimnasio de futuros ediles, a ser lanzadera operativa de formaciones de oposición, hasta el punto de que los intereses de partido llegaron a enfriar el tejido asociativo. Últimamente las cosas están retornando hacia movimientos más autónomos. Participar en la ordenación urbana a través del plan general presupone que el gobierno municipal tenga una idea global sobre la filosofía del crecimiento que pueda ser explicada y comprendida sin dificultad. Una idea clara del porqué de la expansión de unas áreas y la preservación de otras, de cómo articular las funciones residenciales, de equipamientos o industriales con los sistemas generales de comunicación y cómo dar forma a todo ello para crear unos espacios urbanos gratos. Vivimos momentos de cierta apatía en el terreno de las ideas. A la hora de concebir la ciudad suele prevalecer un pragmatismo que equipara el plan general a la suma de todos y cada uno de los intereses, con un discurso que no pasa de ser un relatorio de cifras sin contenido, adobado si acaso con algún proyecto estrella descontextualizado, que muchas veces se promueve para encubrir la falta de una narración general. Aunque suene antiguo, las ciudades necesitan políticas y políticos soñadores y realistas. Gracias a esa bipolaridad se señalan retos y desafíos y se perfilan fórmulas para conseguirlos, se moviliza una población a menudo conformista con el presente y despreocupada del legado de su descendencia, y se cualifica la participación, que en vez de ser bostezante y partidista se vuelve imaginativa y comprometida. Pero, claro, para tener ideas los munícipes deben creerse que la política vale para transformar, y no sólo para contentar.