ME gustan las palabras y los nombres. Son una gozada. Esconden maravillas, mil significados. Nos sirven para comunicarnos y aprender. Nos hacen humanos. Son puertos refugio. Montecristo: a los cubanos que torcían puros les gustaba que les leyesen mientras hacían esa labor. Escuchaban novela y poesía. Eran tiempos en los que aún se valoraba la importancia de los libros. En una fábrica, la historia que más les gustaba era El conde de Montecristo, de Dumas. Escribieron al autor para ponerle el nombre a sus puros. Y hasta hoy. Lo contó Doris Lessing. Wall Street (Calle del Muro): la Bolsa de Nueva York tiene un nombre guerrero. Tan guerrero como los dólares que allí se pelean. Lo de muro le viene por la empalizada con la que los holandeses se defendían de los ataques de indios e ingleses. Egeo: Teseo se marchó con velas negras a pelear con el minotauro. Su padre le dijo que, al regresar, pusiese velas blancas si vencía. Teseo triunfó, pero olvidó cambiar las velas. Su padre vio las velas negras y pensó que había muerto. Se le rompió el corazón y se tiró al mar. Hoy ese mar, que abraza Grecia, lleva el nombre del padre destrozado: Egeo. cesar.casal@lavoz.es