Una cumbre baja

OPINIÓN

SE NOS DIJO que la XV Cumbre Iberoamericana iba a señalar un antes y un después al transformar este foro en un agente activo para solucionar problemas en el espacio que compartimos. Así lo dijo el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, y así lo recogí yo en estas páginas, esperanzado y crédulo, el pasado viernes. Pero la cumbre de Salamanca no ha dado para tanto. En realidad, sólo ha ofrecido más de lo mismo, con un Fidel Castro que, sin aparecer, se ha convertido en el protagonista, como le ocurre a la cantante calva en la obra de Ionesco que lleva este título. Menos mal que el espacio iberoamericano existe, con cumbres o sin ellas, porque así lo determinan los valores y los intereses que nos unen. De esto no hay duda. Pero las cumbres, si existen, tienen que tener el rigor funcional y operativo que quizá intentará darles Enrique Iglesias desde la Secretaría General Iberoamericana, creada ahora. Es cierto que estas reuniones tienen sentido aunque sólo sean una reunión de familia. Pero es obvio que deben aspirar a más. Y desde luego no deben servir sólo para meterle el dedo en el ojo a Estados Unidos al mismo tiempo que se llama a la embajada de este país en España (como hizo Moratinos) para decirle que nada es lo que parece. Ni es necesario el ejercicio previo de confrontación ni el posterior de explicaciones. Se puede y se debe estar a favor de la extradición de terroristas y en contra de la ley Helms-Burton que penaliza a quienes hagan negocios con Cuba, pero no puede ser éste el titular casi exclusivo de una reunión de los principales mandatarios iberoamericanos. La lucha contra la pobreza o la busca de un modelo iberoamericano de inmigración deberían tener ese protagonismo. Escribió Moratinos que nuestras cumbres han hecho más que la Commonwealth o la comunidad francófona. Es posible. Pero él mismo admite que quizá esto se ha debido «a que nuestras señas de identidad son más sólidas y los valores que compartidos más abundantes y homogéneos». Que no dude que es así. Y si no que recuerde aquella exclamación de Mitterrand: «¡Ah, si Francia tuviese una América Latina!». Pues eso.