LLEVAMOS quince años los hispanos sin llevarnos un Nobel a la boca, desde el doblete de Cela y Paz (89-90). Los 18 suecos que coronan al triunfador está claro que creen en una vieja y altiva Europa progre que existe para cuatro intelectuales de izquierdas y que valoran, sobre todo, la literatura en inglés. Cuando han mirado lejos ha sido para premiar a un chino instalado en Francia, a un sudafricano sin patria y a un hijo de las colonias más asimilado que el té de las cinco. Tan políticos son sus criterios que huyen de la fama de los autores leídos sólo por su calidad. Y digo yo: por algo serán tan amados Benedetti o Sabato. Tan comprometidos son en sus decisiones (Grass, Fo o Jelinek) que escapan de literaturas enteras increíbles como la lusa, a la que sólo premiaron con el rojo Saramago (ni Lobo Antunes ni Nélida Piñón). Ahora le tocó a Harold Pinter, sólido autor teatral y comprometido. Prefieren Shakespeare a Cervantes, incluso en el año quijotesco. Si, por una vez, sumasen calidad, difusión y ética, latinos al margen, se lo darían a Bob Dylan o a Kapuscinski. Dos genios que escriben del mundo real y que no son cultos amaestrados en tertulias. Así dejarían de hacerse los suecos. cesar.casal@lavoz.es