TODOS aquéllos a quienes se les pusieron los pelos de punta al ver el desmelenamiento de Schröder ante el resultado de las elecciones alemanas, cambiarán de sensación al ver poner los pies en la cancillería alemana a una mujer cuyo pelo del pecho le llega hasta las cejas. Y si las del lector se arquean ante lo que está leyendo, será porque no ha leído lo que la prensa internacional ha llegado a decir de uno y de otra. La vida es impertinente y dura, y la prensa lo refleja. También es bastante más sensata en lo que puede dar de sí el medio y largo plazo de las cosas que en los respingos y garabatos que retratan el plazo más corto. Los alemanes que hace unos días daban la impresión de no saber a qué carta quedarse, ahora resulta que buscaban una gran coalición, un compromiso que emprenda las imprescindibles reformas y las vaya metiendo en cintura hasta que sus efectos, previsibles e imprevisibles, den lugar a unas nuevas elecciones que rompan la gran coalición o la prolonguen, hipótesis que no conviene descartar y podría responder, entre otras cosas, al deseo por parte del electorado de que los políticos se ganen de verdad el sueldo poniendo en ello más eficacia y menos verborrea. Angela Merkel se encuentra en la encrucijada de unos cuantos problemas, entre los que la dirección de una gran coalición puede ser el más significativo, pero no el que le resulte más novedoso en términos personales. Ella misma es una combinación de experiencias, percepciones, voluntades e intenciones. En primer lugar -o segundo, depende de cómo se mire-, representa una opción política que es en sí misma una coalición de ideologías cristianodemócratas y socialcristianas, y eso avala una cierta experiencia en cuanto a nadar y guardar la ropa en el seno de un modelo bastante normalizado de luchas intestinas y equilibrios de poder desarrollados con más o menos prisas y siempre sin pausa alguna. Es una práctica que forja el carácter a expensas de los nervios y puede dejar la sensibilidad hecha unos zorros. En el caso personal y concreto de Angela Merkel cunde la impresión de que puede tener más avezada la sensibilidad que forjado el carácter, desigualdad que le puede venir muy bien para encabezar una gran coalición, pero muy mal, o no tan bien, si los nervios se le ponen a flor de piel y la piel, en carne viva. Pero también parece que cuenta con una cierta experiencia a ese respecto. Es una alemana del Este, de manera que su experiencia personal más lejana puede haberle proporcionado una piel más bien coriácea, hasta incluso correosa, y un cierto escepticismo recocido en el espasmo de las ideologías. En cuanto a su experiencia biográfica más cercana, ha crecido entre las evidencias suficientes para sentir y entender que los alemanes del Este desconfían de los alemanes del Oeste tanto como los alemanes del Oeste desconfían de los alemanes del Este. Una desconfianza tan enraizada en los sueños de la historia como en los despertares de la sociología. El sueño de la historia suele dar la historia por sentada. El despertar de la sociología implica que hay que moverse. El alemán del Este teme moverse y salir de casa. El del Oeste teme que se mueva y salga. Es el turno de Merkel.