SAN LUCAS, el evangelista, cierra el ciclo festero del otoño en Mondoñedo y en Jaén, las penúltimas fiestas tienen a la virgen del Pilar como advocación en diferentes lugares de España, con Zaragoza como abanderada, y le precede San Froilán, santo con lobo patrón de Lugo. Conmemora mi patria luguesa sus fiestas mayores. Durante un mes el pulpo no dejará de hervir en las ollas de cobre. Lugo se convierte en la capital mundial de la cefalopodofilia, en una octopusland amurallada que va a devorar toneladas de uno de los platos referenciales de los gallegos. Cuando se descuelguen las luces del alumbrado multicolor y en la noche revienten las lucerías de los fuegos de artificio, el silencio se volverá a adueñar de la ciudad y el viento jugará a la noria barriendo con la brisa la muralla. Lugo será el hilo del padre Miño enhebrando con puntadas de plata, cosiendo el talle de agua que bordea la ciudad cuando se pierden los caminos por la Tolda o Paradai, que muy bien no conozco la geografia urbana de Lugo extramuros. Tiene un aquel campesino y popular que Celso Emilio definió como de manzana. Una galvana paseada. Cuando la noche cae con su telón de invierno yo encuentro en Lugo mi sombra proyectada y escucho mis propias pisadas. Eso sólo ocurre en las ciudades que se aman. A mí me sucedió en Aviñon y en Buenos Aires, a mí me sucede en Lugo, cuando Lugo me reconoce y me saluda. Con frecuencia, ambos nos echamos de menos. Es pueblo zalamero, de una coquetería antigua, más bien clásica. Se pavonea en las colas desplegadas de los pavos reales del parque de Rosalía, donde hay un mapa de España con los ríos de la península con un reguero de agua y las capitales señaladas con una lucecita de colores. Lugo de luces intermitentes festoneando las sombras. Me invitan, y acepto de buen grado, a integrarme en una asociación civil para la promoción y el desarrollo de Lugo, queremos que sea parada y fonda, una cita inexcusable. Ya les contaré. Pero en estos días jubilosos de domingo das mozas y dos mozos, de músicas y claves bullangueras, yo quiero volver a Lugo en un viaje de papel y entrar trayendo toda la memoria de mi mar del norte, por una de las puertas de la muralla. Una puerta que franqueé un día lejano. Me acompañó la brisa marina que traía prendida desde Viveiro, mi pueblo lugués y mariñano,en la punta de un pañuelo doblado en el bolsillo superior de una americana, justo encima del corazón, cubriendo la caja de los sentimientos. Lugo, sorpresa de Mendiño, regalo de todos los poetas desde el año, don Alvaritó lo decretó, mil y pico de ave; Lugo digo, es un sentimiento cercano, un sentimiento primero y niño, que habita en el catálogo de mis recuerdos más felices. Digo Lugo y mi imaginación es un pájaro, es un vuelo circular desde el adarve, mi primer agasallo fundacional y básico. Capítulo inaugural de mi imaginario narrativo. En estos días la ciudad es moza y se viste de gala reivindicando la fiesta, las últimas fiestas del calendario, las primeras del otoño. Que las disfruten.