EN LAS ENCUESTAS políticas hay preguntas que no se hacen, bien porque se da por conocida la respuesta o por temor a la misma. Los políticos prefieren la ambigüedad en casi todo, pero especialmente cuando la cuestión pudiera echar por tierra sus argumentos. Los sociólogos contratados por los partidos cocinan las preguntas y las respuestas en la olla de los intereses, y hasta el propio CIS se somete, como no podría ser de otra manera, a los criterios del Gobierno de turno. Ningún político, y menos si está en el poder, se atreve a preguntarle al e spejito mágico que es la opinión pública quién es el más guapo, listo, importante, etcétera, que el susodicho, porque pudiera ocurrir que la respuesta del impertinente espejito no le gustara. Ante la duda, el político prefiere la opinión de los pelotilleros, que son opacos. Esta introducción tan críptica es como el aperitivo de la serie de preguntas tabú que, entre otras muchas, pueden ser, como muestra, las que siguen: «Español de todas las latitudes, incluso aquel que quisiera ser otra cosa, ¿te sientes demócrata? ¿Entiendes y compartes lo que quieren decir los políticos cuando hablan de que vivimos en una democracia y que somos un pueblo democráticamente maduro? ¿Te sientes identificado con cualquiera que te diga que él es un demócrata? Cuando paseas por la calle, ¿piensas que la gente te mira y se dice: ahí va un demócrata? ¿En qué se nota que uno es un demócrata?». Por si estas preguntas parecieran demasiado genéricas, añadamos otras reflexiones de andar por casa, tales como: «¿Te llevas bien con tu vecino, tu cuñado, tu padre o tu hijo -aplíquese, si procede, el femenino- cuando éstos no piensan como tú en asuntos políticos? Cuando vas a votar, ¿te sientes importante o, por el contrario, sencillamente cumples con una formalidad? Cuando te reclaman a votar en las elecciones locales, autonómicas o generales, ¿votas por convicción o por eliminación? En otras palabras, ¿votas para fastidiar al candidato que te cae gordo?». También en el terreno familiar puede plantearse el dilema. Por ejemplo, si tu hijo te pregunta: «Papá, ¿qué es una democracia?», y tú le contestas que es un asunto de políticos o, en el mejor de los casos, le dices en tono paternal que es el sistema político en el que todos tenemos los mismos derechos, es muy probable que el niño comprenda mejor la primera respuesta que la segunda, porque en su colegio eso de que todos somos iguales es mentira, porque hay chicos que son más que otros y a ver quién es el guapo que les lleva la contraria... Los españoles estrenamos democracia hace 28 años. Un buen día, el pueblo español se despertó demócrata después de una larga noche de dictadura. Ese pueblo, asombrado, alegre y confiado, percibió el gran cambio porque la revista Interviú publicaba fotos de señoras estupendas desnudas y porque ponían películas con escenas de cama sin recato. También, y hablando de destapes, porque surgió una fiebre incontrolable de siglas políticas que pretendían acaparar una tajada de poder. Todo el mundo era demócrata de toda la vida y todos entendían de política. Eran tiempos en los que se cantaba «Libertad, libertad sin ira... libertad» y «Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra...». Con los años, la democracia se ha instalado en los despachos del poder y el talante ha reemplazado a la ilusión. Será casualidad, pero un eclipse lunar ha pasado estos días por España. ¿Será un aviso de algo?