Entre el 27% de los jóvenes que se emborrachan una vez cada diez días, el treinta y pico por ciento que se han fumado unos porretes en el último mes, el siete por ciento que coquetean con la cocaína y los tapados que consumen pastillas los fines de semana para parecerse al Neng, resulta que si uno le echa un vistazo a un aula de secundaria no queda ni un alumno sobrio. Habrá que entender que, en buena medida, esos chavalotes aficionados al botellón (grandes consumidores de alcohol en el futuro) comparten también otras drogas, de modo que quede algún porcentaje de dos cifras en el aula de alumnos que todavía no se drogan. En realidad se trata de un panorama desolador y yo diría que de resolución imposible. Los chavales no se creen los anuncios que les llaman a no consumir. A esa edad, la rapazada responde a extrañas estructuras de credibilidad. Tiene más el héroe de la clase que todos los millones que doña Salgado pueda gastarse en la televisión, habitualmente con mensajes que casi nunca dan en la diana. Resulta incongruente pedir que no beba a alguien que tiene la bebida en casa. O que no se fume unos petas a alguien que observa como sus compañeros se mazan con el botellón . Y no es que yo me quiera hacer el listo, no, es que cada vez que la Administración hace una encuesta se encuentra con que los jóvenes tienen cada vez menos respeto a las drogas. Y todavía no hay nadie que maneje la palabra fracaso .