ALGUIEN ME dijo el otro día que hacía ocho meses que no iba al cine. La razón es un amigo que, al parecer, le surte de todos los estrenos que considera interesantes a través de grabaciones piratas descargadas de Internet. Yo sí voy de vez en cuando y si no lo hago más a menudo es sólo porque no puedo. En cualquier caso, lo normal es que los grandes multicines, que han acaparado casi todo el mercado con técnicas legales pero dudosamente éticas, ofrezcan películas de calidad escasa y, sólo alguna vez, grandes filmes de los que te revuelven algo por dentro y te hacen pensar. Toda aquella producción que no sea norteamericana, por muchos valores artísticos que tenga, pasará sin pena ni gloria ante el absoluto desprecio del distribuidor y del exhibidor. Así que, al fin y al cabo, mi amiga no se pierde gran cosa y, además, se ahorra un episodio francamente lamentable. Lo habrán visto alguna vez. Antes de que empiece la película, un mensaje nos avisa de lo malo malísimo que es piratear, de las consecuencias terribles que pueden caer sobre nosotros si participamos de esa actividad diabólica y, por último, nos invitan a efectuar un nauseabundo ejercicio de delación al pedir que, si vemos a alguien grabando, no dudemos de avisar a las autoridades. Estos tíos de la industria son la bomba. Con mensajes como éstos, los piratas se parecerán cada vez más a Burt Lancaster, y la industria, a Charles Laughton.