¡JO, cómo ha cambiado la Galicia oficial! El cambio se hizo ostensible ayer, en Madrid. Hablaba el presidente de la Xunta y no estaban los rostros que yo había visto siempre. En su lugar estaba José Blanco, que tiene don de la ubicuidad, porque al mismo tiempo negociaba los Presupuestos con los canarios. Y dos ministras socialistas. ¿Dónde se ha visto eso con Fraga? Y mucho alto cargo en lista de espera para ser conocido por los periodistas. Y los presidentes de las dos caixas . Se nota que el poder político convoca. Y Florentino Pérez, que haría sombra al mismo Bush. Su cuchicheo con Honorato López Isla merecía una cámara oculta. Y sonaba todo a nuevo, a recién fabricado, incluso los coches oficiales. Era el estreno en Madrid de Emilio Pérez Touriño como jefe del Gobierno. Había que verlo allí para darse cuenta de cómo la política de un país puede dar un giro de 180 grados sólo con cambiar a un equipo. No es elegante ni justo comparar, pero ¿os imagináis a Manuel Fraga defendiendo «varias naciones en el seno de un mismo Estado»? ¡Dios, si hubiera estado allí José María Aznar! Si hubiera estado allí Aznar, se habría levantado al grito de «¡un nuevo paso hacia el cambio de régimen!». Lo bueno que tiene Pérez Touriño es que no subleva a la audiencia encorbatada y trajeada. Se le nota algo parecido al aliento de Anxo Quintana en el cogote; pero suelta su teoría de la nación tan bien envuelta en el celofán de la España fuerte y solidaria, que nadie se altera. Pone tanto relativismo en sus juicios, que no parece un hombre de partido. Habla con tanta parsimonia y serenidad profesoral, que sugiere un título de crónica: El presidente tranquilo . Y pone tanto empeño en el invento de «la vía gallega» hacia un nuevo modelo de Estado autonómico, que se le descubre el afán de situar a Galicia como centro o motor de este nuevo debate que unos dicen que desintegrará España, y otros que resolverá nuestro inmenso problema territorial. Con ese talante, nunca mejor dicho, Pérez Touriño ha dejado en Madrid algo más que una visión de la Galicia que le toca dirigir. Ha dejado una guía de seis puntos de cómo proceder a las reformas, con estas aspiraciones: más autogobierno, modernización, igualdad, cohesión. Me pareció dispuesto a liderar una nueva transición. Y sospecho que se sabe un poco prisionero: por un flanco, de su socio de gobierno, con una cultura todavía más basada en la demanda que en la celebración (por ejemplo, de la partida que los Presupuestos del Estado destinan a Galicia). Y por el otro, del Partido Popular, que, o rompe con el tremendismo de sus líderes de Madrid, o nunca aceptará esta teoría de la nación gallega. Esos son los desafíos del presidente tranquilo.