Mejor en español

| JUAN JOSÉ R. CALAZA |

OPINIÓN

26 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

FALTA en Galicia, y en toda España, un Harold Bloom que exponga alto y claro que los estudios culturales de minorías étnicas son una cursilería, y que eso de la protección subvencionada y de la discriminación positiva a las lenguas supuestamente acorraladas -verbigracia, el gallego- es simplemente un montaje ideológico para amparar a incompetentes tras chiringuitos que escondan la indigencia imaginativa en la que chapotean. De hecho, todos sabemos que cualquier insustancialidad escrita en gallego encuentra de inmediato subvención mientras que la literatura en español casi tiene que huir de Galicia para ser publicada. También, con más frecuencia de la que nos gustaría, observamos que el discurso nacionalista reivindicativo -en gallego, evidentemente- suele estar alicortado de argumentos y lastrado por insufribles prejuicios que no aportan ni ápice de buenas razones. Es como si escribir o hablar en gallego avalara la vacuidad del contenido. Por eso me pareció de aplauso que pocos días atrás ( Otra oportunidad perdida, 24-09), desde las páginas de Opinión de este diario, Santiago Rey Fernández-Latorre diese una vez más un sonoro aldabonazo en defensa de Galicia... pero en español. Al hilo de la compra de un estratégico paquete accionarial de Unión Fenosa por inversores ajenos a esta tierra, Santiago Rey desgranó una serie de argumentos de carácter económico que tenían el inconfundible sabor de la conscientemente amarga reivindicación política por cuanto transcendían la operación financiera. No quiero volver sobre el tema toda vez que sería incapaz de tratarlo mejor de como él lo ha abordado. Pero sí deseo insistir en que Santiago Rey argumentaba en español. Es decir, hacía patria gallega, de la mejor calidad, en español. En consecuencia, se puede ser el más fiel de los gallegos sin ser nacionalista cultural, sin caer en el ñoño enxebrismo lingüístico que aporta lamentos en lugar de argumentos. Si bien se mira, es mil veces preferible para los intereses generales de los habitantes de Galicia un discurso reivindicativo en español -preñado de muy atinadas razones, como el de Fernández-Latorre- que otro en gallego con menos peso que una pompa de jabón. Que, además, es lo que históricamente se constata: la conexión con la alta cultura grecolatina y con la ciencia occidental, en Galicia, se ha hecho, primero, en latín y, después, en español. Gracias a la obra exigente, exquisita, innovadora, de quienes escribieron en español, Galicia ha sido una potencia mundial en literatura. Sin embargo, a pesar del despilfarro en subvenciones a la literatura y cultura gallegas, no hemos conseguido actualmente un sistema literario que aporte prestigio a esta tierra. Los únicos escritores en gallego que gozan de cierto relieve fuera de Galicia, Alfredo Conde y Manuel Rivas, no logran suplir la ausencia de Cunqueiro o Blanco Amor. Esto es, cuanto más recursos se dispersan en subvencionar la lengua peor estamos. Hoy día se paga un peaje cultural a los malos escritores que escriben en gallego sin que se ponga freno a los que puncionan o estimulan torticeramente ese pseudoimpuesto revolucionario. Nadie me hará cambiar de opinión: empezaré a respetar al nacionalismo lingüístico cuando renuncie a los privilegios que exige como si fueran derechos. Porque lo cierto es que desde los tiempos de Cunqueiro y Blanco Amor, que no necesitaban subvenciones ni leyes de normalización lingüística para escribir bien, lo más interesante que se ha escrito en gallego ha sido el doblaje de las series infantiles para TVG.