Daños morales

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

EL ÚLTIMO atentado de ETA, el cometido en Ávila, se ha saldado sin daños personales, pero con importantes pérdidas materiales y con cuantiosísimos daños morales. Para todos. Daños morales para los optimistas, para los pesimistas, para los esperanzados y también para los descorazonados. Con este coche bomba ha vuelto a reaparecer el fantasma de la destrucción y de la sinrazón. ETA acaba de rebajar la euforia a quienes venían manteniendo que estaba muy achuchada y casi en las últimas, y que en cualquier momento podía plantear su rendición. También liquida el discurso tremendista de los que sostienen que se está negociando la claudicación de España, postrados de rodillas ante los etarras. Y lo que es peor, con esta acción, los terroristas disipan cualquier esperanza de que pronto vaya a producirse un gesto que dé pie a ver el final del túnel, que es lo único que la totalidad de esta sociedad desea y que es lo realmente importante. Así que volver a decir que ETA está tan viva como el primer día y dispuesta a llevarse por delante lo que haga falta resulta churrigueresco. Tanto como lo es defender que su debilidad obliga a no llevar a cabo ningún tipo de negociación. Y que lo único que queda es rematarla como se remata un jabalí tras una batida. Los clichés sobre los que venimos abordando la cuestión etarra son históricamente los mismos: ni un paso atrás y que sean ellos los que se inclinen ante nuestras exigencias. Y han vuelto a aparecer tras esta última acción, como si en cuestiones de terrorismo fuésemos unos primerizos. Así que ya vemos lo que hay. Una tregua inexistente. Una rendición imaginaria. Una negociación ficticia. Y, sobre todo, unas ganas de marear la perdiz supremas. Porque una vez más, hay que decir que mientras nosotros nos entretenemos en zapatiestas, ellos siguen a lo suyo.