EL PASADO martes sólo se hablaba de la operación Fenosa en círculos políticos y financieros muy restringidos, y nadie apostaba por el fulgurante desenlace de un negocio que tenía, en otras vías, largo recorrido. Desde Turín, donde pasé la semana, seguí las negociaciones y los vaivenes de Botín gracias a Internet y a los cuatro amigos que interrumpieron mi trabajo con versiones contradictorias. Y ayer por la tarde, al llegar a Lavacolla, tuve la sensación de que Galicia olía a fracaso, como si la Bolsa se hubiese inventado ahora y como si el futuro de nuestros proyectos energéticos se jugase a un solo partido. Por eso quiero terciar en tan peliaguda cuestión para decir que sólo fue un fracaso a medias, y que detrás de estos días tan agitados quedan lecciones muy aprovechables. Lo que se perdió fue una batalla, no una guerra. Y, habiéndose abierto el turno de las operaciones especulativas, no creo que haya sido ésta la última oportunidad para intentar el control de la eléctrica que otrora fue gallega y ahora no lo es. Lo que se ganó, en cambio, fue la idea de que Galicia es algo más que la Xunta, y que vale mucho más un empresariado movilizado que un empresariado subvencionado. Hemos fracasado porque es la primera vez que lo hemos intentado en serio. Pero también hemos ganado la experiencia necesaria para que no vuelva a suceder. Ahora ya sabemos que para ser alguien en el mundo que vivimos hace falta una dimensión que no tenemos, una coordinación que la Xunta del PP siempre vio con malos ojos, una asesoría más probada en estas lides, y una estrategia de largo recorrido que difícilmente puede sustituirse por acuerdos de urgencia a golpe de mancontro. Emilio Botín actuó como un sabueso de los negocios, rompiendo una y otra vez sus preacuerdos para llegar al mejor postor. Es su trabajo. Y Florentino Pérez actuó como un especulador, pensando menos en la creación de un grupo energético que en los cromos que puede intercambiar con otros inversores. Pero también hay que reconocerle que fue por viejo, y no por diablo, por lo que llevó el gato al agua. ¿Y los gallegos? ¿Cómo hemos actuado? Con mucha improvisación, yendo de listos en vez de ir de expertos, sin prever las carambolas sucesivas y preparando una bolsa de doblones más reducida de la que hubiere sido menester. Y, puesto que las otras partes del triángulo no van a cambiar sus mañas e intenciones, será mejor que preparemos voluntad y bolsa para los retos que vienen. Pero una cosa es cierta sobre todas las demás. Por primera vez en quince años, los financieros y empresarios de Galicia hicieron un intento que los mete en el partido. Y eso es, al día de hoy, lo único que importa.